Los conceptos que hoy aquí os comparto me parecen esenciales para aquellas personas que se plantean acompañar a otros.

La resiliencia

Decía Tim Guénard en su libro “Mas fuerte que el odio” que las flores más hermosas y de colores más vivos nacen en medio de los montones de boñiga más grandes, y es que es así. Donde más oscuridad y suciedad hay dentro de nosotros, donde el dolor más nos ha desgarrado, pueden crecer las emociones más puras, las intenciones más saludables y los afectos más sinceros. Todo ello porque ante nuestro dolor hemos hecho un trabajo personal de introspección y sanación para poder recolocar aquellas cosas que nos han herido, ya sea acontecimientos o pecados propios. En definitiva, hemos tenido que aprender a vivir con nuestra herida. A este trabajo personal se le llama comúnmente resiliencia.

La resiliencia se define como la capacidad humana de adaptarse positivamente a la adversidad, el trauma, la tragedia o el estrés significativo, permitiendo “rebotar” y recuperarse emocionalmente, no evitando el dolor, sino gestionándolo para salir fortalecido, aprender y reconstruirse, utilizando conductas y pensamientos que se pueden aprender y desarrollar. Se trata de la habilidad para superar situaciones difíciles, mantener el equilibrio emocional y salir de ellas con nuevos recursos y crecimiento personal.

Empatía terapéutica

Mi experiencia me ha enseñado que existe claramente una presencia sanadora del que acompaña siempre que se crea ese vinculo entre acompañado y acompañante. Yo lo vivo todos los días en mi trabajo de médico; los familiares siempre me dicen: “doctor, con solo saber que van a venir a verlo es como si mejorara de todos sus males”.

Tenemos que ser conscientes de dónde nace dicho poder, el poder que nuestra presencia genera en las personas que acompañamos. No nace buscando una “simpatía” o buscar agradar, sino en esforzarnos en ser realmente “empáticos” con la vida y los problemas del otro, saber y entender en profundidad sin dejarnos arrastrar por sus emociones y devolviendo al otro ese entendimiento pleno que le ayuda a crecer y sanar al sentirse totalmente comprendido. Ver el sufrimiento del otro, verlo no solo con los ojos sino con el corazón, es sanador para el acompañado.

El sanador herido

Cuenta la mitología griega que Fílira, hija de Océano y Tetis, era acosada pasionalmente por Kronos, razón por la que pidió a Zeus ser transformada en yegua y así poder burlar al dios. Pero se enteró Kronos del engaño y se transformó en caballo logrando finalmente forzar a Fílira. De esta unión nació Quirón, con figura de centauro, es decir torso de hombre y cuerpo y patas de caballo. La madre, al ver el monstruoso ser que era su hijo, renegó de él, creciendo en una cueva al amparo de Apolo y Atenea. De la mano de estos padres adoptivos y contrariamente a sus congéneres los centauros (violentos y destructivos), Quirón se convirtió en ejemplo de sabiduría y prudencia. Conocía el arte de la escritura, la poesía y la música, pero era sobre todo reconocido como médico y cirujano, sanador y rescatador de la muerte, a quien consultaban héroes y dioses. Toda su ciencia se produjo tras ser herido accidentalmente por su amigo Hércules con una flecha envenenada en una de sus patas traseras. Este, al tener condición de inmortal, quedó condenado a un sufrimiento perpetuo que no podía ser curado ni aliviado.

Así, buscando remedio a su terrible herida, comenzó a descubrir el arte de curar; pero, he aquí su mítica paradoja: mientras que podía curar a todo el que se lo pedía, no podía curarse a sí mismo. El sentido de su existencia se centró en sanar a los demás y hacerse cargo de su dolor, convirtiendo su propio sufrimiento en fuente de sanación y sabiduría para otros. Henri J.M Nouwen en su libro “El sanador herido” nos cuenta la Historia de Luisito, un chico con una parálisis cerebral que ingresó en su comunidad de acogida. Cada vez que tenían un ingreso compartían habitación con el recién llegado para poder atenderlo en todo lo que necesitara. Luisito gritaba a pleno pulmón día y noche sin descanso, al tercer día de no poder dormir nada y tras perder los nervios, contaba Henri N: “me descubrí a mí mismo pensando en asfixiar a Luisito con la almohada durante la noche y así acabar con su sufrimiento, entonces en ese preciso instante Dios me dio la gracia de poder entender a las madres drogadictas, que tienen bebés nacidos con el mono de la droga al nacer y que lloran continuamente sin descanso, sus madres terminan asfixiándolos al no poder soportar sus llantos desconsolados”.

Y esta es la realidad que estas historias nos enseñan. Quien mejor puede acompañar a alguien que sufre el drama de pasar por un aborto que no superó, es quien pasó por esa misma experiencia y sobrevivió a tan terrible situación. O quién puede acompañar mejor en un duelo que otra persona que ha sufrido a su vez la falta de un ser querido y lo ha superado. Es imposible transmitir tanta comprensión, amor y cercanía como alguien que pasó algo similar, y ese acompañamiento empático va a ser sanador para que el que lo reciba.

Un abrazo en Cristo.