La herida invisible

En 1857,  Jean-François Millet realizó su obra pictórica “El Ángelus”, que representaba a dos campesinos que interrumpían sus labores cotidianas para rezar recogidamente. Más de un siglo después, el famoso pintor Salvador Dalí la calificó como “íntimamente turbadora” y manifestó la inquietud y tristeza que dicha obra le generaba, llegando hasta el punto de la obsesión y de escribir incluso un ensayo entero sobre la misma reinterpretando él mismo la obra en varias ocasiones. Dalí insistió en que el cuadro original ocultaba algo, lo cual fue confirmado por estudios de rayos X realizados en el Louvre, validando su intuición sobre el contenido de la obra, resultando que a los pies de la pareja había pintado inicialmente y luego había sido ocultado con un cesto, un pequeño ataúd con un bebé dentro.

Y es que decía Montse Esquerda que “el sufrimiento del duelo es invisible si no centramos la mirada”. En una sociedad como la nuestra en la que no hay tiempo para nada e incluso se ha perdido el contacto con la muerte (convirtiéndose en el nuevo tabú), el proceso de duelo que acompaña a la pérdida de un ser querido, cada vez pasa más inadvertido para la gente en general. Estamos rodeados de dolientes a los que las prisas de la vida les impiden realizar su duelo de manera correcta. Por todo esto al duelo se le ha llamado la “herida invisible”, duele como una herida, pero poca gente la ve y te acompaña en el camino a sanarla.

El duelo se define como “el proceso de adaptación emocional y psicológica que ocurre tras experimentar una pérdida significativa, esta suele ser tras el fallecimiento de un ser querido, pero también surge tras rupturas amorosas, pérdida de empleo o cambios drásticos en la vida. La experiencia del duelo no va a ser ajena a nuestra vida y cuantos más años vivamos, más duelos vamos a tener que afrontar como parte del precio a pagar por vivir y como camino de formación para la que será nuestra propia muerte. Se me hace fundamental nuestra propia experiencia de la muerte y del duelo para poder acompañar a otros durante sus propias pérdidas, como en otros campos del acompañamiento, si no tenemos integrado y bien elaborado este aspecto en nuestra vida, tenemos el riesgo de proyectar nuestros miedos y sufrimientos en aquellos que queremos ayudar.

Por tanto, un tema imprescindible a conocer por los que ayudan a otros, son los distintos tipos de duelo que nos podemos encontrar en las personas que acompañemos.

Tipos de duelo

Para poder concluir qué tipo de duelo tiene una persona hay 3 premisas que se hacen fundamentales. Y se las ha llamado clásicamente medidores del duelo:

  • ¿Quién era para nosotros la persona perdida? No es lo mismo si perdemos un hijo, un esposo o una esposa, o alguien más alejado de nosotros.
  • ¿Qué tipo de apego existía entre nosotros? Hay vínculos con los que se tenía un apego seguro y otras relaciones basadas en apegos inseguros y que van a condicionar la posibilidad de duelos patológicos.
  • ¿De qué manera falleció la persona? Evidentemente, no será lo mismo si el ser querido fallece con muchos años de muerte natural que sufrir la pérdida de alguien de forma inesperada en un accidente, una catástrofe natural, un asesinato… etc.

A partir de aquí, ya podemos hablar de los diferentes tipos de duelo que pueden presentarse en la vida de una persona:

  • Duelo normal o funcional: es aquel en el que hay una respuesta natural al fallecimiento, eso sí, sin plazos de duración del duelo, cada persona tiene sus tiempos.
  • Duelo anticipado: es aquel que se empieza a vivir precozmente cuando aún vive la persona. Es habitual en situaciones de cuidados paliativos en la que se sabe una posible muerte cercana y se va realizando una preparación emocional para ese momento.
  • Duelo complicado (o patológico): aquel con una intensidad o duración anormal. Un ejemplo de este sería esos casos que conocemos de las películas en que una madre mantiene exactamente igual la habitación de su hijo como si fuera a volver en cualquier momento. A esto se llama “momificación del duelo”.
  • Duelo desautorizado (o invisibilizado): la sociedad no reconoce el derecho del doliente a expresar dolor. Esto ocurre en casos como la muerte perinatal, una separación o en situaciones más triviales como el fallecimiento de una mascota.
  • Duelo inhibido: la persona doliente no muestra emociones, va a bloquear el dolor y este termina manifestándose física o mentalmente.
  • Duelo traumático: es aquel que es inesperado, violento, tras catástrofes… Es común la aparición de un cuadro de estrés postraumático el cual lleva un tratamiento más complejo y especializado.
  • Duelo retardado: no surge en el momento, sino tiempo después (lo más frecuente es que trascurra como un duelo normal, pero esta diferido en el tiempo).
  • Duelo ambiguo: es el que ocurre cuando no hay certeza física de la pérdida (dígase el caso de las desapariciones), o está físicamente presente, pero ausente mentalmente (casos como enfermedades tipo Alzhéimer).

Las fases del duelo y sus tareas

Según el psicólogo William Worden (no todos los autores están de acuerdo) durante el proceso de duelo se producen una serie de fases por las que todo doliente tiene que pasar.

  • La primera es la de shock. Esta fase está caracterizada por insensibilidad o anestesia emocional. Dicho de otra forma, nos manejamos como robots, nuestra mente cancela temporalmente el evento y estamos desconectados de nuestras emociones.
  • La segunda se suele llamar fase de anhelo. En esta, nuestra rabia se manifiesta en forma de protesta ante la pérdida. Se caracteriza por negación y por un profundo dolor desbordado.
  • La tercera fase es conocida como de desorganización. En otros sitios se le llama de desesperación. La persona cae en una depresión y termina separándose del mundo.
  • La cuarta y última sería la fase de organización. En esta, nuestra vida vuelve a estructurarse sin el ser perdido.

Nuevamente, Worden será el que nos proponga una serie de tareas a realizar durante el duelo para que este transcurra hacia la restauración de manera adecuada. Él nos dice que mientras las fases del duelo se pasan irremediablemente, las tareas requieren esfuerzo y un trabajo personal.

  • Aceptar la realidad de la pérdida: es fundamental durante esta tarea todo lo relacionado con los actos funerarios, velatorio, funeral, entierro, el poder hablar de cómo pasó y el momento de la muerte. Todo ello ayudará a salir de la primera fase de shock.
  • Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida: esta fase lleva tiempo, tenemos que ayudar al doliente a hablar, sacar sus emociones, drenar, llorar, recordar.
  • Adaptarse a un medio donde la persona fallecida está ausente: en este momento ayudaremos a mantener rutinas, identificar ausencias, asumir nuevos roles que no se tenían antes, aprender a tomar decisiones sin el otro, redefinir nuevamente el yo, plantearse nuevas metas.
  • Recolocar emocionalmente a la persona fallecida y seguir viviendo: aprender a vivir integrando el recuerdo del otro en nosotros, dejar atrás culpas o pensamientos irracionales, crear rituales de recuerdo (cartas, álbumes, visitas a sitios especiales, fomentar nuevas metas).