En lo que llevo de vida no he tenido la ocasión de conocer a alguien y decir que estoy ante un santo o ante una santa, pero desde que pude conocer la vida de Teresita de Lisieux leyendo su “Historia de un alma” me pareció que se me presentaba la oportunidad de codearme con una. Y de sentirla muy cercana. No lo hubiera dicho hace un tiempo porque en mi mente tenía la idea de que era muy pastelona y no tendría nada que ver conmigo ni mucho menos enseñarme algo. También pensaba que a los santos se les ponía en un pedestal y no lograbas tocar su verdadera persona. ¡Recibí un gran zasca al adentrarme en cada capítulo de su vida! A pesar de ser de siglos diferentes, de tener vidas y experiencias vitales distintas… en sus palabras he encontrado ecos a mi vida interior. Repasando las palabras que subrayé – que fueron muchas – sigo sorprendiéndome de lo actuales que son y cómo resuenan en mi interior. Hoy vengo a poner de relieve una característica que destaco de ella y que todo el mundo conoce: su amor por la pequeñez, por hacerse pequeña, por vivir la sencillez desde Jesús.
¿Y por qué destaco esta y no otra? Porque hoy puedo ver que Teresita me había estado hablando durante todo este año pasado de la clave para una vida plena. Justo esta amiga me ha hecho darme cuenta de que no había interiorizado todo lo que me había descubierto a través de su vida. No le había sabido sacar todo el partido, ni acogido ni vivido a conciencia. Así que ahora quiero compartiros lo que ella me susurró con más fuerza por si a alguno más le ayuda y descubre algo para su vida aquí en la tierra y en su relación con Jesús.
Abandono y confianza en Dios
Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre… Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud.
He observado muchas veces que Jesús no quiere darme provisiones. Creo simplemente que Jesús mismo, escondido en el fondo de mi pobre corazón, es quien me concede la gracia de actuar en mí y quien me hace descubrir lo que él quiere que haga en cada momento.
Me ofrecí a Jesús para que se hiciese en mí con toda perfección su voluntad, sin que las criaturas fuesen nunca obstáculo para ello…
Hace ya mucho tiempo que no me pertenezco a mí misma, vivo totalmente entregada a Jesús. Por lo tanto, él es libre de hacer de mí lo que le plazca.
Cuando leía estas palabras vi claramente que se trata de hacer hueco en mi vida a Jesús. Y no sólo otorgarle un espacio, sino darle el mejor sitio: mi corazón. Y experimentar su amor y lo que este es capaz de transformar y obrar en mí. Esperarlo todo de él. Confiar en sus tiempos y en sus planes. Si de verdad entrego mi vida a Jesús, ¿por qué esa resistencia a veces? Poner el corazón en él es lo mejor que puedo hacer para que él haga lo que ha pensado y quiere para mí. No resulta tarea fácil, pero Teresita de algún modo me dio esperanza y una forma clara de empezar a trazar este caminito.
Pequeñez espiritual y “caminito”
Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.
¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más.
Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados.
Me resulta tan tierna esta imagen que describe Teresita de dejarse caer en brazos de Jesús. Precisamente, Patricia Trigo (@pati.te), tiene varias ilustraciones que reflejan esto mismo y de las que muchas veces me sirvo para imaginarme ahí y descansar. No necesito hacer grandes cosas ni aparentar, tampoco puedo ser quien no soy… así que más vale reconocer ante Jesús quién soy, qué me cuesta, qué debilidades tengo, con qué no puedo; en definitiva, hacerme pequeña como esa niña que no se tiene en pie y pedirle que me ayude él a dar los pasos que sola no puedo dar.
Pureza de intención y desapego
Hacía esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no tenía por qué esperar el agradecimiento de las criaturas. Pero sucedía todo lo contrario.
Con un corazón como el mío, me habría dejado atrapar y cortar las alas, y entonces ¿cómo hubiera podido «volar y hallar reposo»? ¿Cómo va a poder unirse íntimamente a Dios un corazón entregado al afecto de las criaturas?…
Una de las cosas que más me ha ayudado Teresita a notarla cercana es su sinceridad. El mostrarse tal como es compartiéndome lo que le pasaba, qué sentía, qué había realmente en su corazón y cómo vivía cosas pequeñas o de gran importancia. ¡Y cómo nos parecemos! Cuánto bien me ha hecho ver que ella también luchaba para que su corazón estuviera centrado en Jesús y no yéndose detrás de las personas, de sus atenciones y palabras. Y lo que me llevo es su determinación, su claridad de lo que no le ayuda y de lo que le hace bien e ir tras ello… apoyada en el amor de Jesús.
Amor y caridad
Comprendí también que el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime.
Y que el único bien que vale la pena es amar a Dios con todo el corazón y ser pobres de espíritu aquí en la tierra…
Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…!
No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor… Quiero sufrir por amor, y hasta gozar por amor.
En este camino, sólo cuesta dar el primer paso. Prestar sin esperar nada a cambio parece duro a la naturaleza; preferiríamos dar, pues lo que damos ya no nos pertenece.
Ahora no me sorprendo ya de nada ni me aflijo al ver que soy la debilidad misma; al contrario, me glorío de ello y espero descubrir cada día en mí nuevas imperfecciones. Acordándome de que la caridad cubre la multitud de los pecados.
Saber que la vocación de Teresita era el amor me ha hecho pensar en si yo puedo decir lo mismo. Claro que quiero amar y que el amor de Jesús sea mi propósito. Pero, ¿amo como ella? Eso es lo que me hacía reflexionar. Sé que amo hasta un punto y que para que ese amor se convierta en caridad necesito que Jesús esté en ese pobre amor humano que puedo ofrecer yo. Realmente, no necesito amar como ella sino como Jesús, ¿no es un imposible? No, si me dejo amar por él primero y llenarme tanto que desborde y pueda ofrecer ese amor a otros.
Prueba, debilidad y crecimiento interior
Mi alma ha madurado en el crisol de las pruebas exteriores e interiores.
Dios mío, yo lo escojo todo. No quiero ser santa a medias, no me asusta sufrir por ti, sólo me asusta una cosa: conservar mi voluntad. Tómala, ¡pues “yo escojo todo” lo que tú quieres…!
Sé encontrar siempre la forma de ser feliz y de aprovecharme de mis miserias… Y estoy segura de que eso no le disgusta a Jesús, pues él mismo parece animarme a seguir por ese camino…
Creo que Teresita sabía muy bien de pruebas y por eso puedo fiarme de su experiencia. Leerla perseguir las oportunidades de crecer en la incomodidad, en el dolor, en lo que el mundo no quiere ni busca… no me habla de una persona masoca, ¡todo lo contrario! Veo en ella cómo no quiere ahorrarse nada y vivir todo con Jesús. Desde lo más bello hasta lo más doloroso. Y ese todo me resuena. Llegar a poder decir y vivir eso necesita de entrenamiento y ella me ha enseñado su caminito para lograrlo. Diciendo siempre sí a Jesús y a dejarle que esté en mi vida. Porque sí, él está a mi lado, en mi vida, ¿pero yo estoy con él?
Verdadera grandeza y gloria
Dios me daba a entender que la verdadera gloria es la que ha de durar para siempre y que para alcanzarla no es necesario hacer obras deslumbrantes, sino esconderse y practicar la virtud de manera que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha…
Comprendí que la verdadera grandeza está en el alma, y no en el nombre.
Madre mía, Teresita… ¡Al revés del mundo! Pero cómo revoluciona mi interior cuando me habla precisamente de empezar desde lo profundo, desde el corazón, desde mi intimidad con Jesús. De ahí procede la grandeza de mis actos, de mi amor, de mi persona, de quien soy. Cuántas veces he deseado escuchar mi nombre… Pero, ¿de qué me serviría? Sólo para llenarme de orgullo y para sentirme especial. Mi amiga no hace más que repetirme que lo más importante es recordarme quién soy por esa relación íntima con Jesús, que mi verdadera identidad la descubro en su mirada. Soy una hija que quiere responder al amor que le ha dado él. Y anhelar sólo su llamada cada día. Que sólo reaccione a su llamada cuando me diga “Rocío…“.
Interioridad y vida espiritual profunda
Sentía que vale más hablar con Dios que hablar de Dios, ¡pues se suele mezclar tanto amor propio en las conversaciones espirituales…!
Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean, sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en una prisión que en un palacio.
No creo que Teresita tuviera pocos amigos y que nadie quisiera estar con ella porque sólo quería hablar con Dios. Tampoco que no estuviera accesible a las personas ni a los eventos porque pensara que lo único interesante eran las cosas de Dios. Pero sí que me ha hecho apreciar el sentido de todo, el para qué vivo lo que vivo, desde dónde lo vivo, dónde pongo mi corazón y si Jesús es el principal motor de mi vida. Por quien me mueva, me ponga a disposición, me sienta llamada a vivir algo. La verdadera alegría y la auténtica forma de relacionarme con el mundo y cuanto contiene en él, hasta que abandone este, es a través de Jesús. Y esto no ha hecho más que recordármelo una y otra vez Teresita con sus palabras, quiero decir, con su historia, con su vida.
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