De la trampa del «poder con todo» al descanso de la pequeñez

Durante el pasado curso, un grupo de hermanos nos estuvimos reuniendo quincenalmente en una célula comunitaria para compartir la lectura de Historia de un alma, de Santa Teresita del Niño Jesús. Cuando me pidieron escribir este artículo para el blog, mi primer impulso fue decir que no; sencillamente sentía que no tenía tiempo para asumir ningún extra. Sin embargo, algo por dentro no me dejaba tranquila. Al rascar un poco en esa inquietud, me di cuenta de lo que realmente había debajo: sentía que era la persona menos indicada para escribir esto por todo lo que he fallado en la asistencia a la célula durante el año debido a la logística familiar. Paradójicamente, al rechazar la propuesta estaba cayendo de lleno en la misma trampa que la lectura de este año me había venido a iluminar: la trampa de autoexigirme vivir en esa supuesta perfección, creyendo que para aportar algo a los demás primero tengo que responder al cien por cien y tener la vida en un orden impecable.

Volver a Teresita en este momento de mi vida y, sobre todo, hacerlo de forma compartida, ha sido un verdadero regalo. He leído Historia de un alma varias veces a lo largo de los años y me asombra comprobar cómo este texto me ha ido desvelando matices distintos según las circunstancias que me tocaba atravesar. En esta ocasión, la lectura en célula me ha llevado a ahondar en el corazón mismo de su enseñanza: el convencimiento profundo de que nuestro valor real no tiene nada que ver con responder a esa supuesta perfección ni con las apariencias.

Incluso en su propio entorno familiar y conventual, Teresita vio de cerca la fragilidad más absoluta. Si hubo alguien que entendió en sus propias carnes el «caminito», fue su hermana Leonia: la hermana difícil, la de las vocaciones frustradas, la que no daba la talla en ningún sitio y a la que la vida se le hacía cuesta arriba. Fue precisamente para ella para quien Teresita fue un faro, demostrándole que Dios no busca personas perfectas ni capaces, sino corazones que se reconocen pobres nadas. Y lo maravilloso que Teresita nos enseña es que está bien que sea así. No hay necesidad de sostener una capacidad que no tenemos ni ante Dios ni ante los demás. Resuena con una fuerza nueva esa oración del Salmo 131 que la misma Teresita encarnó tan bien: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre».

Teresita y el quebrantamiento: la verdad que nos libera

Esta intuición de Teresita conecta directamente con lo que en la espiritualidad de Fe y Vida llamamos quebrantamiento. A menudo no se trata de una pretensión de orgullo, sino de algo más cotidiano: esa mezcla entre la necesidad y el deseo de ser fuertes, de ser capaces, de salir adelante con lo que nos propongamos o con lo que la vida nos ponga delante. Pero la realidad es que muchas veces sencillamente no alcanzamos. Y vivimos andando de puntillas para que parezca que damos la talla, buscando una perfección que nos deja agotados. 

Ahí es donde Teresita se convierte en una verdadera maestra del quebrantamiento. Ella no disimuló su incapacidad ni la maquilló; hizo de su propia debilidad el lugar de encuentro con Dios. En una época donde se entendía la santidad como una cumbre inaccesible a la que sólo se llegaba a fuerza de grandes penitencias y virtudes heroicas, Teresita se descubrió a sí misma como una criatura demasiado pequeña para subir esa empinada escalera. En lugar de frustrarse o amargarse por sus límites, tuvo la audacia genial de convertir su propia impotencia en el motivo de su confianza. Comprendió que su pequeñez no era un obstáculo para Dios, sino el imán que atraía su Misericordia: si un niño pequeño no puede subir los escalones, es el propio Padre quien baja a buscarlo y lo sube en sus brazos. 

Teresita experimentó el quebrantamiento en lo cotidiano: en su incapacidad para mantenerse despierta durante la oración comunitaria, en sus sequedades espirituales, en su fragilidad física y en las noches oscuras de la fe al final de su vida. No luchó contra su pobreza ni intentó taparla para parecer una monja modélica; la presentó tal cual, con las manos vacías, descubriendo que la fuerza de Dios se realiza plenamente en la debilidad. En la tradición mística, Santa Teresa de Jesús decía que «la humildad es andar en la verdad». El quebrantamiento no es otra cosa que esa misma verdad experimentada en la propia carne. Es la valentía de reconocer nuestras limitaciones, nuestras faltas de tiempo, nuestras contradicciones y nuestros límites, sin disfraces ni justificaciones. 

Aun sabiendo que en la comunidad nos acogemos sin juzgarnos, la trampa de querer «dar la talla» suele ser una batalla interior de cada uno. Cuando decidimos aflojar y «andar en la verdad» ante Dios y ante nosotros mismos, las defensas caen. En esa grieta de nuestra fragilidad asumida —el momento en que aceptamos que no llegamos y soltamos el control— es justo donde la Gracia encuentra espacio para actuar. Dios no necesita que le construyamos un escenario de fortalezas, le basta con que le abramos la puerta de nuestra pobreza real. 

La libertad del caminito: ni apatía ni mediocridad

Reconocerse pequeño y asumir que no podemos con todo puede despertar a veces un temor sutil: ¿no estaré cayendo en la resignación? ¿No es esto una excusa para no comprometerme o conformarme con menos? 

Quien se asoma a la vida de Teresita descubre muy pronto que su «caminito» no tiene nada que ver con la dejadez ni con la apatía. Ella vivió un amor radical y entregado hasta el último aliento, pero en lugar de apoyarse en su propia fuerza de voluntad para alcanzar metas espirituales, aprendió a descansar enteramente en la fidelidad y el amor de Quien la sostenía. 

Abandonar la necesidad de «ser capaz» y descubrir que no “tengo que” nada no nos vuelve pasivos, nos vuelve inmensamente libres. Y nos regala la misma paz alegre y transparente que vivió Santa Teresita: la certeza de que, aun cuando nuestras manos están vacías, estamos infinitamente seguros y sostenidos en los brazos de Dios. 

Laura Estrada