Hay un pasaje muy conocido del evangelio de san Lucas que dice:
Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.
Todo lo perderemos algún día
La gente considera este uno de los pasajes más radicales o más duros del evangelio porque está hablando del padre, de la madre, de la mujer, de los hijos, de los hermanos, de las hermanas, y hasta de sí mismo. Habla de renunciar a todo y cuando hablamos de todo, Jesús no se refiere sólo a las cosas materiales, se refiere a todo. Yo le he dado muchas vueltas a este pasaje toda mi vida. Recordaba una frase de una película de Clint Eastwood, Sin perdón, que dice: “cuando matas a un hombre se lo quitas todo”. Es verdad, pero cuando matas a alguien, le quitas todo lo que tiene porque nadie se lleva nada y le quitas las posibilidades, lo que puede llegar a tener. Pero también la muerte, de hecho, te lo quita todo. El desprendimiento es una cosa de la que nadie se libra.
Yo tuve una época en la que me gustaba poner en la pared mis títulos más importantes, los que he ido sacando en mi vida, porque me animaba. Ahora ya no me anima mucho, pero pensaba: todas estas cosas, cuando mueras, no serán más que papel mojado, no servirán. Estas cosas que te han costado tanto esfuerzo se irán a la basura, no valen para nada, todo lo vas a perder. Visto desde esta perspectiva es normal que la gente tenga un miedo terrible a la muerte porque la muerte no solo es el paso a lo desconocido, es perderlo todo. Y todos vamos a pasar por ahí, es decir, que antes o después, seamos cristianos o no seamos cristianos, nada de lo que hemos acumulado lo vamos a retener, queramos o no queramos, lo vamos a perder todo. Hay personas que cuando se encuentran en una situación difícil o a punto de morir, cambian de vida, de manera de ver la vida porque la proximidad de la muerte hace que las cosas adquieran su verdadero valor. La posibilidad de perderlo todo hace que lo más importante brille con más luz y lo menos importante aparece como menos importante.
Renunciar para vivir en libertad
En su lecho de muerte nadie lamentó haber pasado más horas trabajando en la oficina. La gente se lamenta de no haber pasado más tiempo con su familia o haciendo cosas que merecían más la pena. Desde luego, nadie echa de menos, en el último momento, trabajar para conseguir dinero o haber tenido más cosas materiales. Es triste que tengamos que llegar a una situación muy dura para darnos cuenta de algo que podríamos darnos cuenta a poco que pensáramos y que nos lo tomáramos en serio. Cuando Jesús habla aquí lo hace desde una renuncia para la libertad. A lo largo de la vida vas viendo una serie de cosas que valoras más cuando eres joven y tienes la vida por delante. Todas las cosas tienen como un brillo especial, aparecen como extremadamente atractivas: el amor y el sexo, la vida en pareja, el tener tu propia casa, el comprarte un coche, la posibilidad de la libertad que te permite tener una cierta solvencia económica, el poder viajar, disponer de tu propio dinero… Todas esas cosas brillan con una luz muy fuerte, pero cuando llegas a los 40, la mayor parte de la gente se da cuenta de que eso no es así. De que ninguna de esas cosas era tan buena o te iba a llenar tanto como esperabas. Entonces viene la crisis de los 40, en la que tienes que cambiar de perspectiva. Mucha gente se divorcia, hay hombres con una chica más joven… Y dicen aquello de: no es que estuvieran mal es que no han elegido bien. Otra gente lo que hace es delimitar las metas más: lo que necesito es esto, pero en mayor cantidad y con la mayor productividad para ganar más dinero.
Jesús lo que quiere es ahorrarnos todo esto y plantearnos la vida de otra manera: mira, en la vida céntrate en lo importante porque lo que no es importante, al final, lo vas a perder. Entonces, antes de perderlo renuncia tú a ello. Eso no significa que no tengamos que disfrutar de las cosas buenas de la vida, ¡claro que sí! Pero no hacer de ellas ídolos. Nos dice: mira, fíjate en lo más importante, fíjate en lo que nadie te va a poder quitar. Construye en las cosas de Dios porque esas no te las va a quitar nadie. El amor que tú construyes, eso te lo vas a llevar al otro barrio, un coche no, ni un amante, pero el amor que construyas con los demás, el servicio que das a los demás… eso sí te lo vas a llevar. El renunciar a probarte un vestido por acompañar a unos adolescentes de los cuales la mitad no está, pero la otra mitad a lo mejor sí, eso merece la pena. El vestido no te le vas a llevar puesto al otro barrio, pero eso que tú invertiste por la gente, sí.
Entonces Jesús lo que está diciendo es que no te engañen, que no te vendan la moto diciéndote que las cosas importantes son importantes porque no lo son. Las cosas importantes son otras, pero este mundo está tan ciego… Cuando alguien vive como Jesús parece como un loco, pero lo que dice Jesús es que la mayor parte de las cosas no son tan importantes, pero ni siquiera la familia, ni siquiera los hijos, ni siquiera eso que es lo más sagrado, es tan importante. Y nos anima a invertir en las cosas que no son tan fáciles de quitar. Llega un momento en el que tenemos que aprender a renunciar a cosas y conviene empezar poco a poco. Hay una época en la que tiendes a acumular y hay una época en la que tienes que empezar a desprenderte de cosas materiales y de cosas también espirituales. El gran privilegio de los discípulos es incluso renunciar a cosas a las que tienen derecho, pero que renuncian a ellas porque en el fondo no son tan importantes. ¿Quién ha dicho que hay que ir de vacaciones todos los años? Igual muchas de las cosas que nos están vendiendo no son verdad y a lo mejor lo que Jesús nos está diciendo aquí es otra cosa y todos tenemos que ver en qué metemos la pata. Porque la metemos todos, pero tenemos que aprender a ver las cosas con otra prioridad.
Si es verdad que hay que renunciar a algunas cosas materiales, tenemos que procurar ir buscando aquellas cosas que realmente aumentan nuestra calidad de vida aunque no aumenten nuestro estatus social o nuestro prestigio ante los demás. Y poder compartir todo lo que podamos y cuestionar este modelo de vida que está llevando al mundo a la ruina. Jesús dice un montón de cosas muy razonables, lo que pasa es que en el mundo en el que vivimos, con la cultura que tenemos, suena a una locura total y absoluta. Hay otras formas de renuncia que son más difíciles porque son más sutiles y son aquellas que no son materiales. Por ejemplo, la renuncia a la preocupación. Otra cosa es que lo consigamos, pero es importante que seamos conscientes de que por la mayor parte de las cosas no merece la pena preocuparse. Muchas veces porque no las podemos cambiar.
Lo único que permanece: crecer y servir
Estas cosas son muy importantes para ser un discípulo cristiano y para la salud de las comunidades. Cuando las personas tienen estas actitudes: no piensan mal de la gente, no les preocupa lo que la gente piense de ellas… La vida no nos debe nada, la vida no nos debe tener un buen trabajo, la vida no nos debe tener hijos, la vida no nos debe tener éxito… Esas son ideas que nos han metido en la cabeza, pero que no son así. Cuando Dios no permite que las tengamos o Dios no nos las da, tenemos que saber dejarlo ir con paz. Pero, también, si esto llegó, perfecto, que no llegó, voy a reconciliarme con eso que no llegó, voy a reconciliarme con eso que no tuvo éxito… Yo intento hacer lo que Dios quiere. Jesús nos plantea aquí una cosa que es muy interesante y es: mira, tú vive tu vida desde la perspectiva de hacer la voluntad de Dios porque si vives tu vida desde la perspectiva de hacer y de aceptar la voluntad de Dios, la que sea, no vas a fallar. Te vas a centrar en lo esencial, y lo esencial en esta vida son dos cosas: Crecer y servir. Vivir la vida en clave de crecimiento personal que es estar cada día más reconciliado con la vida, contigo mismo y con Dios. Y vivirla, también, en clave de crecimiento de servicio a los demás.
La vida en esta clave siempre tiene éxito y renunciar a lo demás, no es un sacrificio, es una ganancia. La gente a la que más admiro es a la que se ve muy reconciliada con la vida, con lo que son ellos, con lo que son los demás. Aceptan lo que hay, cambian lo que pueden cambiar, lo que no pueden cambiar lo aceptan e intentan hacer del mundo cada día un lugar un poco mejor. Si puedes echar una mano, echa una mano aunque sean cosas muy pequeñas, pero contribuye a que este mundo sea un lugar mejor. Admiro mucho a la gente que vive de esta forma y se da a sí misma sin apegos, intentando servir e intentando crecer en la vida, vivir en armonía con la vida. Jesús era una persona que vivía en paz y en reconciliación con lo que le rodeaba. Esta es la renuncia que Jesús nos pide y es una cosa buena porque lo peor en nuestra vida es vivir de ilusiones y de fantasías. Cuando se vive de ilusiones y de fantasías siempre se acaban, pero cuando se vive en la verdad y en el servicio siempre se tiene éxito.
Cuando nos aferramos a algo espiritual, algo que es un servicio, eso es una tristeza tremenda. Es importante que podamos vivir todos en la verdad y podamos aceptar lo que somos. Se trata de que hagamos lo que tengamos que hacer. Si estamos haciendo eso, para qué preocuparnos de lo demás. Si tú intentas seguir a Jesús, mejor o peor, te equivocarás muchas veces, pero al final lo harás bien en ese aspecto. La comunidad es siempre un barómetro muy bueno. Decía Freud que una persona sana es una persona sana psíquicamente, capaz de trabajar y de amar. Esto es muy sabio: cuando tú eres capaz de estar con otros. Por eso la comunidad es tan buena porque eres consciente de tus límites, eres consciente de que a veces no te aguantas a ti mismo y tampoco aguantas a los demás, pero la comunidad te hace consciente de eso. La comunidad te impide encerrarte en ti mismo, te impide creer que eres algo distinto de lo que eres, te impide vivir en la ilusión porque los demás te confrontan y continuamente estás viendo la miseria que tú eres, la miseria que son los demás… Y así puedes crecer. Cuando no puedes vivir en comunidad, cuidado porque eso es señal de una avería grande en ti.
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