Unidad

¿Alguna vez has tenido a dos familiares o amigos muy queridos tuyos que se pelearon y no hubo forma de reconciliarlos? Quizá uno de los dos intentó arreglar las cosas, pero el otro no respondió. Luego fue el otro quien dio el paso, pero tampoco hubo respuesta. Cada vez que pasaban por ese ciclo, la relación se deterioraba un poco más.

Visto desde fuera, ves que la solución parece sencilla: tienen que humillarse los dos, pedir perdón y, sobre todo, darse cuenta de una vez de que la relación entre ellos es mucho más valiosa que la tontería que los separa.

Así es como imagino a Dios cuando ve a sus hijos divididos.

El ecumenismo lo entiendo como esa reconciliación y unidad entre todos los creyentes en el Dios perfecto, tres en uno: Padre, Hijo y Espíritu. Somos un cuerpo, con un propósito. Igual que esos amigos peleados, lo que nos une es infinitamente más grande que lo que nos separa.

Los frutos hablan

La manera más sencilla, pero no la más fácil, de saber si alguien sigue a Dios es conocerle bien y ver cuáles son los frutos de su vida. ¿Es alguien que vive en paz? ¿Es fiel a su palabra? ¿Controla lo que dice? ¿Mejora la vida de los que le rodean?

He experimentado que hay muchas personas que, aunque tienen creencias distintas a las mías, siguen claramente a Dios. Hace unos meses, mientras escuchaba una charla de un hermano de la comunidad, miré a mi alrededor y empecé a fijarme en la gente que estaba allí. Me di cuenta de que muchos habían llegado hasta ese lugar porque, en algún momento, habían tenido un contacto directo o indirecto con quien estaba dando la charla.

Eso no me hizo pensar en las diferencias que pudiera haber entre nuestras creencias. Al contrario, me llevó a prestar aún más atención a lo que estaba diciendo. Porque, aunque diferimos en algunos aspectos de nuestra fe, compartimos el mismo propósito. Ver los frutos de su vida me reta a seguir acercándome cada día más al Señor.

Elegir las batallas

Cuando uno trabaja mano a mano por el reino de Dios, con gente que ve las cosas de una manera distinta, hay que elegir bien las batallas. En mi experiencia, cuando dedico mi tiempo a hacer lo que creo que me pide Dios, apenas me da tiempo para mucho más. Dios me lo pide todo. Hasta ahora, las veces que he entrado en discusiones sobre detalles de mis creencias han sido por inmadurez u orgullo. Es importante conocer bien lo que uno cree y lo que creen los demás. Y desde ese conocimiento preguntarse qué te está pidiendo el Señor y qué no te está pidiendo. 

Más aliados de los que pensamos

Muchas veces damos por hecho que los que no piensan igual que nosotros van en nuestra contra. No creo que sea así. En Marcos 9, 38-40 dice:

Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros». Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro». 

Cuando surgen conflictos necesitamos recordar continuamente a quién servimos y enfocar nuestra atención y energía en Él. Si alguien no va en contra de nosotros, aunque sus formas sean distintas de las mías va con nosotros. Servimos al mismo Señor y, siempre que sea posible, nos ayudamos mutuamente. 

El mismo Señor

Cuando hay alguien que dice que cree en Jesús, en Dios, y veo en su vida los frutos del Espíritu Santo, entiendo que estamos en el mismo equipo, con el mismo propósito. 

Siempre habrá desacuerdos, y algunos más importantes que otros. Pero creo que, si todos buscamos entregarnos por completo a Cristo, la unidad acabará siendo más fuerte que aquello que nos divide. Y quizá esa sea una de las formas más bonitas de dar testimonio del Evangelio.

Ru Short