¿Os ha pasado alguna vez que todo lo que escucháis o habláis con la gente tiene que ver con un tema en concreto? Cuesta pensar que se hayan puesto todos de acuerdo, pero es evidente que no nos es indiferente y por eso nos damos cuenta de que, efectivamente, todo apunta hacia la misma dirección. 

Esto mismo es lo que me ha sucedido estas últimas semanas hablando con una amiga para ayudar a una persona, más adelante gestionando un asunto personal con otra para ver qué pasos dar e, incluso, en mis ratos de oración con Dios se ha hecho presente para poner orden interior y exterior. ¿De qué estoy hablando? Del discurso y la realidad. Quizá muchos de vosotros no lo hayáis escuchado con estas palabras y os suene más el tema de la coherencia. Aquí, en Fe y Vida, es donde empecé a conocer qué era eso del discurso personal y cómo este se reflejaba o no en la realidad de uno. 

Es una cosa muy sencilla de explicar y cuando te hablan de ella parece lo más sensato del mundo, pero una vez quieres aplicarla en tu propia vida o echas un vistazo a cómo está ese plano en ti no parece tan sencillo y uno se da cuenta de que la vivencia de aquello lleva su propio proceso. Vamos, la vida misma; no os descubro nada nuevo.

Conocer en qué punto estamos, desde dónde partimos

Precisamente por esa falta de novedad en nuestras vidas podemos caer en no prestarle atención. Nos acomodamos o acostumbramos a un patrón que hemos establecido desde hace un tiempo y hasta que alguien no viene con otro lenguaje no lo cambiamos. Así me sucedió a mí cuando aterricé, hace un par de años, en Siquem (la casa comunitaria) para realizar la Escuela de Discipulado. Fue un termómetro para reconocer en qué patrón me movía y conocer, a la vez, cuánto distaba o no de la vivencia de fe que me permitiera madurar como persona y como cristiana. ¡Menuda puesta a punto! 

Fue una experiencia enriquecedora el tener hacia dónde o con quiénes poder mirarse, sobre todo cuando empiezas a decidir a dónde quieres ir y con quién estar acompañado. Volviendo al termómetro, supuso tomarme la temperatura y atender a los síntomas de fiebre que se habían ido colando sin hacerles caso: ciertas actitudes encubiertas, algunos pensamientos, juicios hacia otros, aparición de orgullos… ¡Mis límites! Qué importante es acoger nuestros límites, aceptar que están ahí y son parte de nuestra realidad. Forma parte del primer paso en esto del discurso y la realidad: conocer en qué punto estamos, desde dónde partimos. No podremos decir que queremos liderar tal grupo de jóvenes si nuestra realidad es que criticamos a personas y situaciones a la primera de cambio. ¿Qué referencia seríamos para esos jóvenes?

Cuando somos capaces de reconocer y acoger desde donde partimos, esto debería de ayudarnos a acoger otros planes para nosotros. ¿A qué me refiero? A que nos puedan decir «ahora no» o «no puedes hacerte cargo de esto, mejor sigue con lo que estás haciendo». ¡Y no cabrearnos! Sino tomarlo como parte del proceso de puesta a punto. En este ámbito del discurso personal y nuestra realidad no entra siempre el poder hacer lo que queramos ahorrándonos nuestro proceso personal. 

Equilibrar la balanza 

Nuestro proceso personal, estaba tan de acuerdo con estas palabras que se me había olvidado que también se aplicaban a mí. Y ahí empieza todo. ¿Pero qué es esto del discurso personal y la realidad de cada uno? El discurso personal es nuestro monólogo, es decir, lo que decimos que queremos vivir, hacer, dónde queremos aportar, qué liderar, cómo decimos que somos o creemos que nos relacionamos. En definitiva, lo que vamos diciendo de nosotros mismos y, de primeras, no implica una acción. Por otro lado, la realidad personal es lo que se ve en nosotros a través de nuestros actos, es lo que hemos hecho vida contando con nuestros límites o es lo que ya hacemos; implica una acción. Si sabemos que nuestro discurso y nuestra realidad se corresponden (están al mismo nivel, equilibrados), todo marcha bien. Si nos damos cuenta de que están desequilibrados es ya un gran paso, la pregunta ahora sería: ¿queremos equilibrarlos o dejarnos equilibrar?

Creo que a todos nos gustaría confiar en las palabras de una persona cercana a nosotros porque sabemos que puede vivir eso que nos ha dicho o que su vida lo refleja. Es ahí cuando te das cuenta de lo importante que es vivir con la balanza del discurso y realidad equilibrada. Transmite confianza, autenticidad, verdad sin esconder virtudes, defectos, limitaciones, fortalezas. En el ámbito comunitario es la base desde donde construir: que tanto la comunidad como uno mismo conozcan la realidad de la que partimos para que luego no haya malentendidos (exigencias, derechos, comparaciones…). Nos da mucha paz saber dónde estamos y a la otra parte (la comunidad) también para saber con quién puede contar para una cosa u otra. Al final se trata de conocernos y comunicar desde ese conocerse.

Perseverar, reajustar, perseverar, dejarse ayudar y… perseverar

¿Y cómo sabe uno si su balanza está equilibrada? Se me ocurren dos formas de saberlo: la primera, preguntando a personas de confianza o que nos conozcan cómo nos ven. La segunda, preguntándonos a nosotros mismos si nos estamos engañando con apariencias o no. Una vez sepamos desde dónde partimos y puestos ya en camino se trata de perseverar en esa realidad. Así hasta que volvamos a escuchar sobre este tema o nos interpele de nuevo; incluso es bueno tenerlo presente porque es algo que toca en primera persona y toda nuestra vida. Si está presente en algún momento habrá que reajustarlo, pero serán cosas pequeñas no de gran calado. Y, a partir de ahí, se trata de perseverar en esa realidad, otra vez. 

¿Hasta cuándo? Si corriéramos esta carrera solos vendría el hastío pero, gracias a Dios, contamos con la compañía de otras personas que también quieren vivir su discurso y realidad a partes iguales. Aunque esto del discurso y la realidad se refieran a uno mismo, con esas personas que están a nuestro lado se hace más fácil la perseverancia y el dejarse ayudar no cuesta tanto. Eso sí, es una actitud indispensable y ventajosa para lograr ese equilibrio.