Luis Priede
Me pidieron escribir algo sobre el final de la vida, actividad a la cual me dedico como medico de Cuidados Paliativos, misión que realizo por la zona de los Picos de Europa en Asturias, y aunque paso los días dando charlas a otros sanitarios sobre el tema, me he sentido bloqueado a la hora de compartir algo, porque no quería hacer lo mismo que hago en todas esas charlas de formación, que es básicamente repetir datos y teoría aprendida de otras personas y otras charlas… y porque quería aportar algo propio, si eso es posible, en un mundo donde todo parece estar ya dicho y las ideas están usadas y desgastadas.

No sé si lo voy a conseguir pero quiero intentarlo. Me pareció muy intrépido pretender decir algo sobre “La muerte”, ¿cómo hablas sobre una cosa que no has experimentado? ¿cómo explicas qué se siente ante el final de tus días, si esto no es aún una realidad inminente?, ¡que osadía por mi parte! No es lo mismo verle las orejas al lobo que acompañar a aquel que se las esta viendo, por tanto decidí escribir sobre mi trabajo cotidiano, que es acompañar a personas enfermas al final del camino.

Lo primero que me viene a la mente es el propio término de “acompañar”. Quizás algunos lo relacionan con algo similar a “acompañar a la mujer de tiendas”, con la connotación de ser “agente paciente” ese día (¡y cuanta paciencia!) o con “acompañar a los niños al pediatra”, con un significado mas de llevar y de que ellos se dejen llevar. Para mí, acompañar a la gente enferma esta siendo todo un descubrimiento, es como si pudieras charlar, consolar, reír, llorar… pero hay un Sancta Santorum, una parte velada del templo de cada ser humano a la cual no puedes acceder….: es el sufrimiento más íntimo y personal en el que sólo puede entrar el enfermo y quizás alguno de sus seres queridos. Los que estamos a su alrededor, no conducimos la situación, somos simples testigos de lo que está pasando, de esa realidad de dolor, de esa elección de aceptación o no aceptación. Somos testigos de una experiencia que es única y personal (nunca igual entre 2 personas), siempre asociada a la vivencia que uno ha tenido de la muerte a lo largo de su vida propia, testigos y acomodadores, ayudadores…En toda ocasión luchando por que, tanto el enfermo como familia, acepten y vivan el momento con paz y serenidad. Pero no siempre lo conseguimos.

No hace mucho, diagnosticaron una enfermedad terminal a una amiga (M). Para mí ésta siendo una experiencia nueva acompañar a alguien que imagesconoces y  quien aprecias. Siempre descubre uno cosas, como que M se apoya en mi acompañamiento y orientaciones, y yo aprendo de cada detalle que escucho u observo cuando nos vemos…Ella cree que yo la ayudo y yo me siento ayudado por ella. Para mí constituye un honor haber preparado juntos su funeral, las canciones, las lecturas: me conmueven su entereza y felicidad. Sí, digo  felicidad por poder hacerlo como ella quiere,  por poder compartir su esperanza de ir de vacaciones una vez más, de ser capaz de salir, leer, charlar, reír. La relación con ella constituye una escuela en vivo y en directo para la vida (como en la famosa obra Martes con mi viejo profesor). Pienso que es como si  las personas en esta situación vital tuvieran de repente un ataque de sabiduría aguda, y realmente apetece estar con lápiz y papel a su lado para  apuntar todo lo que dicen.

Pero en ocasiones (y es una cosa que también me sorprendió al comenzar mi trabajo en paliativos) no ocurre eso. La muerte alcanza a algunas personas como un ladrón y sin piedad, no hay escenas con el cielo abierto y la gente gritando “Viva Cristo rey…” o expirando en olor de Santidad como describen algunos libros. Y ello ocurre aunque se trate de personas de misa diaria y comunión, aunque hayan afrontado la muerte de gente cercana, o las circunstancias vitales que les han tocado vivir, con entereza y fe. Hay veces en que el deterioro físico y mental ha hecho tanta mella, que no hay ninguna dignidad o gloria en los últimos días de vida……
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Todo esto me ha llevado a la certeza que la clave esta en cómo vivimos y no en cómo morimos. Hace poco un hombre (no del ambiente sanitario, ni enfermo) me decía que ahora en vida iba a dedicarse a pasarlo bien y que ya se arrepentiría de todo al acercarse la muerte para poder salvarse. A mí me daba pena, por que está claro que no sabemos la hora ni  el lugar: es vital como vivimos, es vital nuestro sí diario, nuestra adhesión al Señor y al amor cada día.

Mi propia muerte, mis sentimientos, miedos: ponerme en esa tesitura de ¡que haría! ¡como reaccionaria!, como me sentiría si me tienen que limpiar las cacas, si me tienen que ayudar a orinar, si estoy solo la mayor parte del día viendo las horas pasar. Mis abuelos paternos han estado ingresados en una residencia estos 2 últimos años ya que no podían valerse por si solos. Ir a verlos, juntamente con la vivencia de mi trabajo diario, me ha servido para meditar mucho también sobre todas estas realidades en las que nunca pensamos y que seguramente nos alcanzaran a la gran mayoría. Creo que ser conscientes de ello es bueno y nos ayuda a afrontar la existencia más intensamente, a ser mejores. Porque la clave, como acabo de decir, está precisamente en cómo vivimos.

Ánimo y adelante.

Luis Priede