Cada hogar es diferente y cada uno ha tenido su propia experiencia del confinamiento actual. Uno de ellos es el que proporciona, por ejemplo, una residencia de mayores o, en el caso de mi centro de trabajo, de atención a la dependencia.  Soy auxiliar de enfermería y eso me hace formar parte del hogar de las personas que allí residen y, por ende, de su confinamiento particular. Por mi puesto de trabajo proporciono una atención directa lo que supone que, si yo me contagio, ellos también y viceversa. Me gustaría acercaros un poco cómo lo estamos viviendo allí. Lo primero que he de deciros es que nuestro centro no ha registrado ningún positivo, gracias a Dios, y somos conscientes de lo afortunados que hemos sido hasta ahora. Empezaré por contaros los cambios que vivimos en el día a día de la «residencia».

 

 

Nuestro centro cerró sus puertas el día trece de marzo. La situación era la misma para todos: incertidumbre, ¿tendremos el virus ya en casa? Ya solo se podía esperar a que brotara o no la enfermedad en los siguientes días por parte de cualquiera, trabajadores o residentes. En ese momento yo estaba en una planta donde, salvo una mujer, todos los demás son conscientes de todo en mayor o menor medida. Lo primero que estas personas vivieron fue la separación inesperada y brusca de sus familiares. El discurso es el mismo que en cualquier casa, «mira, no puede venir nadie (tus hijos, tu hija, tu nieta y el bebé, …) porque hay una pandemia, hay un virus, etc». Y lo aceptaron con mucha calma. Te podían preguntar varias veces, pero no se rebelaban ante la respuesta.

 

 

Con el corte de las visitas llegaron otras restricciones: se acabó el cine en el salón de actos, la terapia con perros, el trabajo con los fisios en la sala de rehabilitación, el aperitivo de los viernes, la misa, el bingo… Todo lo que suponga salir de la planta. Además, ya no podían estar todos juntos en una misma sala porque no podía haber un número excesivo de personas en una habitación. Tampoco podían estar sentados junto a otra persona porque debíamos mantener unas distancias mínimas de seguridad. Hasta en los comedores se aumentó esa separación y se invadió el salón. Sin problema. Lo aceptan. A veces no cumplen con las medidas de seguridad porque no se acuerdan, pero se lo dices, mueves el sillón o lo que sea, y lo aceptan. La comunicación vía telefónica siempre ha estado disponible y ha aumentado estos días, pero ahora para todos. Hay personas que ya no pueden hablar, pero sí reaccionan a la voz de sus familiares. Aquí he de decir que las familias han mostrado un agradecimiento enorme. Después llegaron las mascarillas, al fin para el personal, pero cuando tratas a alguien con cualquier equipo de aislamiento estás levantando una barrera entre esa persona y tú, está claro, es real, es física, y le estás transmitiendo que es una persona enferma. Aunque solo sea «posible enferma» eso no se transmite, ellos solo te ven protegiéndote tras la barrera. Más tarde esto se fue reforzando poco a poco con batas, pantallas, gafas e, incluso, gorros. Gracias a Dios (y a las trabajadoras sociales), también llegaron las videoconferencias, llamadas y envío de fotos y vídeos a los familiares. Por otro lado, cuando un residente tiene fiebre o presenta síntomas, se le aísla y se le hace la prueba de Covid. Con nuestros pocos medios, intentamos hacer todo lo posible para mantenernos a salvo del contagio. El día uno de abril «se nos acabó el amor» y el director nos comunicó que se registraba un primer caso positivo en la plantilla. Todo un jarro de agua fría, nueva tensión cuando parecía que ya habíamos librado del brote inicial. Gracias a Dios, la gestión por parte del director y de mi compañera afectada fue muy buena y no hubo ningún contacto con nadie.

 

 

Bueno, ahora me gustaría hablar desde otro punto de vista, desde la parte más normal, más sencilla y humana. La vida allí está siendo muy tranquila, sobre todo ahora que vemos que no hay Covid campando a sus anchas. Apenas hay gente, apenas hay ajetreo, como en las casas en las que no hay niños. Y nosotras (ahora mismo, todas las auxiliares son mujeres) estamos más tiempo con ellos. Tenemos unas galerías muy amplias en las que podemos ver la calle y allí charlamos todos en los ratos libres. Luego está el personal de servicios y los subalternos, que tienen mucha marcha en general. Los conocen a todos y yo creo que intentan mostrar su mejor cara para animarlos. Creo que aportan lo más importante, buen rollo y cariño. Los compañeros de cocina nos tienen mimados a todos y nos suben de vez en cuando con el carro del desayuno dulces o pinchos con un arcoíris y un «todo va a salir bien”. Parecen bobadas, pero son detalles que mejoran nuestro día a día, nos sacan un poco de la rutina vacía que hay ahora y nos transmiten el lado más humano de la situación tan excepcional que vivimos.

 

 

A pesar de todos nuestros esfuerzos, hay cosas que no se pueden evitar y en seguida empezó a apreciarse cómo afectaba la falta de los familiares a los residentes. Aquéllos que tenían visita diaria han tenido una primera época en la que se mostraban más apagados, o más desorientados. Pero es cierto que, con el tiempo, su deterioro se está estabilizando y se están adaptando a la vida sin ellos, a no tener ya esa presencia. Desgraciadamente, aunque no es extraordinario para nosotros, durante todo el confinamiento han muerto varios residentes, por sus procesos naturales, en total siete personas y, aún más desgraciadamente y creo que puede no ser un dato al azar, a todos ellos sus familias venían todos o casi todos los días a acompañarlos. Hemos sentido mucha pena al ver cómo morían sin la compañía de esos familiares. Esto es algo muy importante para las personas, acompañar a nuestros seres queridos en los últimos momentos. Pero ya habíamos visto todos por los medios de comunicación que es una de las tragedias de este virus.

 

 

Supongo que en todos los centros residenciales haya pasado como en el mío, que no haya habido desde un primer momento el material necesario de prevención y protección individual para evitar el contagio. Seguramente, incluso aún no se hayan llegado a conseguir en la actualidad en cantidad suficiente. No estábamos preparados para esto, y no soy ningún genio por decirlo, es algo que se ha hecho obvio. Y no estamos aún preparados para vivir con ello. Nadie sabe qué nos queda aún por pasar hasta la llegada de la vacuna. Es cierto que unidos salimos, es cierto, es lo que estoy viendo, pero también es cierto que no veo el mundo igual que los demás. Que no tengo miedo a la muerte, ni a la mía ni a la de mis familiares, ni a la dureza del trabajo en estas condiciones, y que no huyo en otra dirección, que nuestro objetivo no es sobrevivir sino el bienestar de cada persona, y eso cambia mucho el enfoque y tus consiguientes actos y decisiones. Yo me quedo con una cosa, cuando todo se viene abajo, solo nos queda nuestra persona, lo bueno que podemos dar a los demás, y toda vida es lo más grande de esta creación. Pero también sé que esto no lo sé por mí misma, sino que es la vida y la verdad con mayúsculas que el Señor me ha mostrado y solo puedo sentirme agradecida de esta libertad.