Ponerse delante de esta frase no resulta tan sencillo. Quizá has clicado por curiosidad sobre esto de seguir a Jesús y cómo se pone por obra. Quizá estás aquí leyendo esto porque quieres decir tu sí. Quizá es porque quieres refrescar tu sí. O quizá hayas acabado en este blog de rebote. Te confieso que si puedo poner en palabras mi experiencia con Dios es porque yo también tuve curiosidad, quería decir mi sí y me encontré a gente cristiana comprometida de rebote.

Decía que no es tan sencillo ponerse delante de este sí porque es algo importante y que compromete toda una vida. Decirle sí al Señor no tiene vuelta atrás. Me recuerda a la vez que me monté al Dragon Khan: tenía 15 años, miedo a las alturas, a notar parte de mi cuerpo flotar y me imponía sentir la velocidad dando vueltas sin parar. Estuve haciendo la cola para entrar con una compañera del colegio y, una vez llegué al momento de subirme y estar dentro del tren, pensé: «ya no hay vuelta atrás, toca vivirlo». ¡Y qué pasada! La experiencia había sido mejor de lo que me esperaba, vencí mis miedos y disfruté. Repetí al año siguiente, no era la misma, ya no tenía miedo.

Pues, salvando las distancias, esto mismo ocurre una vez conoces a Jesús: puedes tener miedo de no saber dónde te llevará la relación con él, pero una vez te lanzas descubres cosas sobre ti y de tu vida, vives otras y se abre ante ti un horizonte tal que ya no te imaginas volver al inicio y hacer como si no le hubieras conocido. Tú cambias, entonces tu vida también y ya nada es lo mismo, es mejor.

Una presencia con una compañía

¿Y cómo se conoce a Jesús? Me venían a la mente dos caminos que me han guiado a mí, pero pueden haber muchos otros porque Jesús se hace el encontradizo allí donde estés. ¡Quedas avisado!

El primero que pensaba es que se le conoce de oídas. De la misma forma en que un amigo empieza a hablarte de otra persona que acaba de conocer y te cuenta cosas que comparten, lo emocionado que está de su descubrimiento y te dice que seguro que tú también congeniarías con ella. Puede que pongas resistencia o puede que no y te nazca cierta curiosidad de comprobar si es así como te dice. Recuerdo que una vez me invitaron a una meditación (para rezar) y me preguntaron: «¿quieres conocer a Jesús solo de oídas?», era toda una provocación a ir y conocer en primera persona; y fui. Conocí a varias personas jóvenes que me empezaron a contar su relación con Jesús y cómo habían enfocado sus vidas. Para mí todo eso era nuevo y escuché, sin cansarme, una y mil veces. Fui intuyendo que necesitaba gente a mi alrededor para avivar mi curiosidad y así acercarme a esa nueva persona que no conocía. Poco a poco eso que escuchaba lo iba pudiendo pasar por mi vida.

El segundo camino que pensaba es el que haces tú directamente con experiencias que vas viviendo, lecturas que haces, vídeos que ves, conversaciones que vas teniendo y ahí te encuentras con Jesús poco a poco. Quizá no sepas cómo unir los puntos o qué paso dar después, pero notas de alguna manera que está sucediendo algo y hay una presencia nueva en tu vida. Es difícil de explicar y puede sonar extraño, ¡pero esto se da! Sobre todo cuando todavía no has podido conocer o toparte con personas cristianas para ayudarte a vivir y poner orden a todo lo que vas conociendo. Es una viviencia más incierta y llena de muchos interrogantes pero, en cierta medida, vas haciendo camino y la distancia hacia Jesús va disminuyendo. Cuánto bien me hizo recibir artículos sobre la fe que una amiga me compartía así de repente, o esos libros que cayeron en mis manos y me acompañaron en mi soledad o esos eventos diocesanos que me encontré a mi paso. Poco a poco Jesús se iba haciendo presente de una forma más clara y yo podía reconocerle. Al menos algo intuía.

Una respuesta personal

Y después de esos dos caminos o más, ¿qué sucede? Que en algún momento te vas a encontrar con Jesús de una forma más personal y vas a tener que tomar una decisión. «¿Qué decisión?» podrías preguntarte. La de responder sí o no a dejar que esa amistad que acabas de estrenar con Jesús impregne todo tu existencia. Suena fuerte y comprometido pero, si te dijera que esto mismo lo hacen otras personas cuando deciden que el deporte sea el centro de sus vidas… ¿pensarías lo mismo? Los deportistas profesionales son personas que siguen una rigurosa dieta, hacen duros entrenamientos y cuidan su descanso siguiendo un estricto horario donde se ven movidos a sacrificar fiestas o eventos con amigos. ¡Y qué agradecidos se les ve! Sé que muchos hemos pensado que vivir la fe o integrarla en nuestra vida es más un sacrificio que una grata vivencia. Vemos solo cosas que cumplir, actos que vivir, normas que seguir. Pero es que no se trata de eso sino de acoger una Buena Noticia, ¡con mayúsculas! Y esta Buena Noticia nos la da Jesús mismo y se compromete a que la podamos vivir en plenitud. Él da el primer paso, te promete una vida como ninguna otra y va a estar a tu lado en todo momento cuando te cueste o no veas luz por ningún lado. ¿Quién puede decir no a esto?

¿Y quién se atreve a decir que sí con todas sus consecuencias? Me refiero a que no sea solo un sí con los labios sino que sea un sí con obras, como hacen los deportistas profesionles, que se pueda ver cómo transforma tu vida la decisión tomada. Responder nos toca a cada uno de nosotros, a nadie más. Eso sí, podemos pedir ayuda, consultar a otras personas, ver qué necesitemos revisar antes de responder… pero al final ese momento en el que tienes que decidir llega. Hay a quien le llega de adolescente, ¡incluso de niño! Ya entrados en la adultez… ¡Depende de tantas circunstancias! Aunque lo que siempre sucede es que por «a» o por «b» la pregunta está presente con distintos nombres o enfoques. Y no es tarea solo de quien va a ser sacerdote o consagrado… Cada uno que se ha encontrado con Jesús tiene que decidir y, por tanto, dar una respuesta. Pregúntate (y me pregunto): ¿quiero que Jesús esté en mi vida? ¿Quiero caminar a su lado? ¿Quiero que mi norte sea él y no los vaivenes de la vida?

Un camino compartido

Las preguntas de antes quizá te han dejado sin respiración, no te niego que a mí me han hecho pensar y revisar mi vida. Pero pronto he podido retomar el aliento al venirme a la cabeza las personas que recorren este mismo camino a mi lado: La comunidad. Es aquí donde todo lo que has escuchado y lo que has vivido de forma aislada o por cuentagotas ahora se junta y cobra sentido. En comunidad se pone todo en su sitio y ves la vivencia de fe en todo su esplendor, además de saber hacia dónde caminar. Es un descanso y reconozco que no siempre puedo responder yo sola con mi sí y que necesito a otros personas a mi lado para hacerlo. ¡No todo el peso recae sobre nosotros, sino que está repartido! Al final descubres que hay una vocación personal y una misión comunitaria. Y que gracias a la comunidad podemos encontrar nuestra vocación a través de un proceso de discipulado que es como vivir y aprender lo que Jesús vivió y enseñó a sus discípulos.

Decirle sí al Señor necesita de una relación personal, pero que se nutre de otro tipo de relación: la comunitaria. Junto a otras personas amplías la vivencia. Es como sucede con los estudios: tú tienes que sacarte la materia y la parte que te corresponde es acudir a las clases, hacer los deberes y trabajos, preguntar al profesor tus dudas o problemas… pero todo eso coge una profundidad y un atractivo mayor al juntarte con tus compañeros de clase y haces los trabajos junto a ellos, pasas tardes y noches estudiando en grupo, preguntando y resolviendo esas mismas dudas y problemas con tus compañeros… ¿o no? Nadie duda de que cada uno responde personalmente a los desafíos que le plantea su vida, pero en ningún sitio está escrito que se tenga que hacer solo. Esta parte es la que más paz da: saber que no está solo ante la vida, ante las cuestiones vitales, ante las decisiones y compromisos que se van adquiriendo. Y en la vida de fe ocurre un tanto de lo mismo porque… ¡es la vida misma! Pero siempre vamos a tener a Jesús a nuestro lado y a personas que Él ha pensado para que caminan junto a nosotros. La pregunta ahora es, ¿quieres tú esto?