Había titulado este artículo «la pérdida del sentido en la vida» y, como me sonaba un tanto deprimente (justo lo contrario a lo que quiero transmitir), he pensado darle un toque aventurero con lo de conquista. ¿Os motiva? En mi entorno familiar siempre he escuchado un discurso negativo sobre la vida: esta estaba llena de injusticias, mentiras, corrupciones, egoísmos… pero al contrario de lo que podría haber pasado, nunca me afectó como para no querer vivir o no tener esperanza en las personas y en lo que la vida pudiera ofrecerme. Por aquel entonces, mi adolescencia, no conocía a Dios ni a personas que, conociéndole, me transmitieran el sentido de la vida. A mi alrededor veía gente que recorría el camino de la vida sin más: completaban sus estudios, conseguían un trabajo y formaban una familia (la mayoría). Y ya estaba todo hecho, lo repetían una y otra vez, cada día. ¿No había nada más? Esta es una pregunta que reconozco ahora ya de adulta, pero que en ese momento no sabía pronunciar e incluso no sabía de su existencia en mi interior, aunque había una búsqueda o «algo» que me hacía pensar que no era suficiente lo que vivía.

Despertar del letargo

A lo largo de los años he ido encontrándome con diferentes personas con estilos de vida atractivos para mí. Es cierto que los más atractivos correspondían a estilos de vida con Dios en ellos pero, haciendo memoria, puedo rescatar unos pocos no creyentes que sabían muy bien lo que querían vivir y cómo, sin hacerse menos, sin perder el norte o dejándose llevar por las modas del momento. Esas personas habían encontrado lo que daba sentido a sus vidas y por eso transmitían una coherencia que podía verse en su madurez personal, en cómo se relacionaban y en su humildad. Esto último me impresionó porque había en ellos mucha gratitud por lo vivido y acogían lo que tenían por mucho o poco que fuera. Son esas personas que transmiten algo diferente a lo que la sociedad te impone o te lleva a vivir. Es como si de repente despertaras del letargo que te llevaba a no ver el brillo de la vida. No sabes muy bien qué es, pero quieres más. Quieres seguir relacionándote con ellos, tenerles cerca, compartir momentos y vivencias cotidianas.

¿Qué quiero decir con esto? Necesitamos de la propia vida y de las personas con las que nos relacionamos para conocer, comprender y conquistar el sentido de nuestra vida, para despertar del letargo en el que estemos metidos, para empezar a vivir. Nos inspira lo que vemos o escuchamos, nos interpela lo que nos dicen o nos sucede, nos motiva lo que otros viven, ¿verdad? Esto es un primer paso para coger impulso y lanzarnos a vivir intensamente nuestra vida en su plenitud. Pensaba ahora en tu posible edad: quizá seas un adolescente, un adulto joven o uno entrado ya en edad… no importa. Hoy, ahora, es tu momento si percibes que has perdido el sentido o te has distraído. Reconozco que vivir tiene su complejidad y que para no sucumbir en el intento necesitamos de personas, escritos y predicaciones que sean como guías en nuestro caminar ¡que nos ayuden a tomarnos la vida en serio!

Es un recorrido personal

Hace un par de días daba un paseo por la ciudad con una persona y me decía que su vida no es como ella quiere que sea. Le es insuficiente o no vive lo que está llamada a vivir porque no sabe qué quiere, hacia dónde ir ni qué hacer. Yo le escuchaba y me reconocía en ella en un momento de mi vida y, por qué no decirlo, cada vez que he tomado una decisión importante con respecto a mi vida personal. Lo que esta conversación puso de manifiesto es que esta persona ha despertado, es consciente de su realidad y quiere conocer el sentido de su vida. Estuvimos hablando de nuestras vidas, de cómo hemos ido creciendo, de lo que conocemos de nosotras y de lo mucho que entendemos ahora. ¡Qué importante es saber el porqué de las cosas! Y aceptarlo es más importante aun y esto solos no podemos hacerlo. Esa conversación, al poder hablarle de mi recorrido personal y quizá darle esperanza o paz, hizo que me acordara de las personas que hoy hacen un tanto de lo mismo conmigo hablándome de las cosas que me preocupan con tal serenidad (por su experiencia) que me hacen posible seguir conquistando el sentido de mi vida.

Así que después de despertar toca actuar. Y aquí toma especial protagonismo la experiencia de la vida que va poniendo delante oportunidades para alcanzar la madurez personal. El sentido de la vida y la madurez van de la mano y para alcanzar ambos necesitamos hacer un recorrido personal. Este lo tiene que hacer cada uno tomando decisiones, aprendiendo sobre las relaciones personales y la vida y aceptando aspectos de su persona y carácter. Pero se trata de un recorrido que acepta ayudas: de personas que están a nuestro lado y que van por delante mostrándonos algo o hablándonos de su experiencia de vida que hará que nos mantengan despiertos, valoremos mejor las cosas y queremos optar por ellas. Y así es cómo, poco a poco, iremos descubriendo nuestra vocación profesional y personal para con la vida. ¡El para qué estamos en esta vida!

Conquistar mi vida: ¿Dónde me comprometo y con quién?

Han pasado apenas veinte días del último compromiso que he hecho, y para toda la vida. El año que viene, si Dios quiere, haré otro compromiso y, también, para toda la vida. A algunos decir «para toda la vida» les asusta o no creen en ello. Hablar de compromiso siempre ha suscitado debate entre las personas. Claro, somos tantos y tan diferentes, con unas ideas y proyectos de vida tan distintos que es normal que para unos sea importante comprometerse y para otros no. Pero, pensaba, da igual todo eso, al final el ser humano necesita construir su vida y para construirla se vale del compromiso que le habla de asentar e ir en una dirección clara. ¡Eso es tomarse la vida en serio! Apostar por un camino y ser fiel a él con todas las decisiones que conlleve. A medida que vamos descubriendo quiénes somos y qué sentido tiene nuestra vida, la conquista de esta nos pedirá que comprometamos nuestras personas en algo o con alguien, ¡o ambos!

Y al comprometernos no habrá otro camino que la fidelidad. Para todo y en todo. Al final conquistar nuestra vida es ser coherentes y fieles con lo que nos hemos propuesto vivir, con lo que decimos que queremos vivir y con lo que hemos optado vivir. Es cuestión de cada día. No dejo de acordarme de unas palabras que leí hace ya unos cuantos años y que tanto me interpelaron y siguen haciéndolo hoy. Son de una homilía de San Juan Pablo II en 1979 hablando de las dimensiones de la fidelidad.

«Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad. Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y solo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. Ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en público».

Cuando hablo de conquistar el sentido de nuestra vida no es otra cosa que descubrir el para qué estamos en esta vida y qué hay después de ella, tras la muerte. Las personas con fe que me he encontrado en este camino personal me abrían un horizonte sin límites aun la presencia de la muerte; esta no era lo importante ni el final. Las personas sin fe me hablaban de que se les para el reloj cuando dejan de vivir y ahí la vida ya no tiene continuidad ni sentido. Es curioso que me toque escribir esta semana y haya elegido este tema justo cuando lo que los cristianos celebramos mañana es la encarnación de Dios en la historia humana, en la realidad de cada persona, precisamente para darle sentido.