Hace tiempo que me rondaba por la cabeza la idea de la comunidad. Más concretamente, el regalo que es tener una compañía que notas allí donde estés o donde vayas. Todavía concretando un poco más, valoraba y pensaba en el ministerio de intercesión: ese grupo de personas que a través de su oración por las misiones, los proyectos y ministerios ayudan a bombear el corazón de la comunidad, además de orar por cada una de las personas comprometidas y sus diferentes necesidades.

Me acordé de esta compañía viendo las noticias sobre la situación del COVID-19 y tras escuchar a personas cercanas cómo estaban viviendo estos tiempos de incertidumbre. Si ya antes el futuro nos era incierto, ahora las circunstancias se nos han vuelto un poco más desfavorables y muchas personas no tienen a qué aferrarse ni a donde acudir. De repente eso que les daba seguridad se ha caído o roto en pedazos. Es duro acoger estas situaciones y nos sentimos impotentes ante tanto dolor, miedo y desconfianza. Aun así, todavía quedan postes a los que aferrarse y lugares a los que acudir.

Mi poste es Dios y mi lugar es la comunidad

En conversaciones con amigos llegamos a un punto en el que nos dábamos cuenta de que necesitamos aferrarnos a algo, pero sobre todo a algo que permanezca desde donde construir todo lo demás o desde lo que podamos hacer frente a nuestro día a día. Para algunos es la seguridad de su matrimonio, para otros es la seguridad de sus amistades, para unos pocos es la seguridad de su trabajo y para otros pocos es la seguridad de las redes sociales. Hay muchos tipos de seguridades según las circunstancias de cada persona. Yo he pensado en la mía y ahora puedo decir que mi poste es Dios y mi lugar es la comunidad. Es, hoy por hoy, mi seguridad.

Ahora estoy iniciando un camino por el que no he caminado antes y no sé lo que me voy a encontrar al otro lado. Pero saber que cada paso que doy no lo doy sola, me da mucha tranquilidad. Este tiempo y esta experiencia me está haciendo ser más consciente de cómo estarán tantos que emprenden aventuras solos, esas personas que hoy pueden encontrarse solas o en hermanos de comunidad que no tienen un núcleo cercano. No es mi caso, pero algo de sus sentimientos he podido experimentar y ahora valoro la importancia de rezar unos por otros y de acompañar los pasos de cada hermano con nuestra cercanía.

Desde que empecé este nuevo camino no me han faltado mensajes de ánimo, oraciones por la misión, preocupación por mi persona a través de la comunidad y concretamente del ministerio de intercesión. ¡Está siendo una compañía que me habla de esperanza! Y esto hace más llevadera la vida. Pienso que la comunidad es lo mejor que podemos tener; es un regalo la oración de unos por los otros.

Salto al vacío, salto… ¡de fe!

Siento hacer spoiler pero, pensando en ese salto al vacío que podamos experimentar en este tiempo, ese no saber qué habrá al otro lado o ese no atrevernos a darlo por faltarnos perspectiva, horizonte, esperanza de algo mejor… me acordaba de una escena de Divergente en la que se pone a prueba a una de las cuatro facciones: osadía. Tienen que saltar desde la azotea de un edificio a abajo… ¡sin ninguna cuerda ni objeto al que cogerse! Al final hay una red que amortigua la caída. No hay daños. Así me imaginaba yo a la comunidad en los momentos en los que tienes que dar un salto al vacío, mejor, un salto de fe en tu vida: ¡siendo sustento donde dejarte caer!

Perdonad que haga otra referencia, pero es que ¡uno mucha la fe con la vida! No lograba dejar de recordar el himno de los hinchas de los reds apoyando a su equipo en cada partido con su conocido: You’ll never walk alone. Yo me imaginaba al ministerio de intercesión de la comunidad así, cantando al unísono, acompañando a cada segundo, siendo aliento, fuerza, pasión… ¡Qué descanso y qué empuje!

«Para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros»

Cuando tú has sido sorprendido por un mensaje de ánimo, por una visita en un momento difícil, por una oración cuando a ti no te salían las palabras… conoces la importancia de estar para los demás, de ser compañía para ellos y de ser luz en medio de su oscuridad.

Estas pequeñas cosas suceden cuando estamos en sintonía con Dios. Él nos hace estar pendientes de las necesidades de los de nuestro alrededor e incluso de los más lejanos, de abrir nuestra mirada y de despertar nuestro corazón a ser más desprendidos y generosos con nuestro tiempo, economía y oración.

De verdad: no estamos solos. Hay quien se preocupa de ti. Hay quien piensa en ti. Hay quien reza por ti. Ni solo estamos nosotros. Hay quien necesita que te preocupes, pienses y reces por él.