Empecé el año con una intuición a nivel personal y, sorprendentemente, se ha ido haciendo tangible a lo largo de las semanas. Más concretamente a través de las predicaciones de la comunidad que he ido escuchando desde el mes de enero hasta hoy. En una de las últimas, Sonia hablaba de «la elección de tu corazón». Y, entre otras cosas, me llamaron la atención unas palabras que os transcribo ahora y acerca de las cuales pensé que podría pararme a reflexionar:

«Hay que elegir cada día que lo que llene nuestras vidas sean las lecturas y las charlas espirituales, aquello que pueda llenar nuestro corazón y, por tanto, nuestro corazón hacer lo perfecto. Alimentar el corazón para que las acciones no sólo sean teóricas sino también prácticas».

Poco a poco he ido viendo cómo se iba conformando un itinerario de crecimiento personal y de madurez espiritual predicación tras predicación que, finalmente, tenía su base en el corazón de cada uno: en las elecciones de nuestro corazón.

Llenar nuestro corazón

Si nos paramos a pensar un momento sobre qué es lo que alberga nuestro corazón ahora seguro que nos salen varias cosas a bote pronto: el afecto de ciertas personas, la preocupación por la imagen externa que damos a nuestros amigos, los likes que conseguimos en nuestras redes sociales, el éxito o fracaso en nuestras vidas, etc. Son, todas ellas, cosas que hemos elegido que llenen nuestro corazón, pero se quedan en la superficie sin dejarnos la posibilidad de mirar un poco más arriba o, mejor, un poco más profundo. Desconozco si hemos tenido la valentía de preguntarnos qué cosas queremos que llenen nuestra vida y nos hayamos puesto manos a la obra.

Quizá un buen comienzo sea tomar conciencia de qué es lo que llena nuestra vida hoy. O dicho de otra forma, implicando nuestra persona, ¿de qué cosas estamos alimentando nuestra vida? La respuesta que encontremos a estas preguntas van a hablar mucho sobre quiénes y cómo somos y qué dirección está tomando nuestra vida.

A veces, para llenar nuestro corazón, necesitamos volver a esa conversación que tuvimos con aquella persona hablando sobre un tema que nos preocupaba o que nos hizo recobrar la mirada en Dios y seguir hablando las veces que haga falta. Otras veces, para alimentar nuestro corazón, necesitamos volver a escuchar una predicación que nos sacudió de arriba abajo poniendo nuestra vida en orden, leer aquel libro que nos descubrió ese mundo interior que anhelamos o ver esa película que un día nos hizo un bien enorme e intuimos que ahí había algo interesante para nosotros.

Otras tantas, para agitar o despertar nuestro corazón, necesitamos ponernos delante de Dios y, simplemente, dejar que nos hable en silencio. En definitiva, necesitamos nutrirnos. Llenarnos de aquello que dé vida, haga crecer y nos permita poder dejar atrás lo que nos recuerda el evangelio de Mateo en el capítulo 15: «(…) lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre, porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias».

Hacer lo perfecto

Supongo que todos nos hemos visto reflejados en el versículo anterior, no importa si en parte o en su totalidad, y vemos muy lejos el poder atinar con hacer lo perfecto en cada momento, circunstancia o relación personal que nos encontremos en la vida. Pero… gracias a Dios, literalmente, podemos. ¡Y menos mal! Lo único que necesitamos es conocerle, tratarle, dejarle entrar en nuestra vida y hacer una fusión con él. Quizá porque me gusta la lectura y procuro reservar siempre un tiempo para leer cosas interesantes, me rodeo de escritos que cambian algo en mi interior, me instan a más, interpelan mi vida o mi forma de vivir. Pero, sin lugar a dudas, llenan gran parte de mi corazón y, en consecuencia, de mi vida.

De esto tiene gran culpa la lectura de la Palabra de Dios. Últimamente ha cobrado un gran protagonismo en mi día a día. Tiene muchas de las respuestas que necesitamos conocer para hacer lo perfecto con nuestras vidas y en la vida de los demás.

Es de vital importancia tener en sintonía nuestro corazón y nuestro discurso, aquello que decimos que queremos vivir o vivimos. Ya lo decía Sonia en su predicación y el evangelista Lucas nos lo recuerda a través de estas palabras: «El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca». Sería genial que nos parásemos a preguntarnos, en la tranquilidad de la noche o en un momento de calma con el Señor, ¿cómo es nuestra actitud o qué tipo de actos realizamos cada día? Y, también, que nos visualicemos estando con personas, ¿de qué hablamos cuando nos reunimos con amigos o con nuestros familiares?

…no sean teóricas, sino prácticas

Las preguntas que nos hemos ido haciendo necesitan respuestas que se materialicen en actos concretos, pequeños o grandes, pero acciones que nos lleven a cambiar aquello que hemos reflexionado sobre nosotros, nuestra vida, la relación con las personas y con Dios. Pero, para ello, antes hay que escuchar. Escuchar y ver qué me dice personalmente aquello que he escuchado, leído o visto: alguna actitud que cambiar, una acción que realizar, un problema que abordar…

Al final, se trata de algo tan sencillo como escuchar y poner en práctica. A través de esa práctica vamos a poder conocernos, darnos a conocer en nuestra verdad y vivir en nuestra realidad. En el evangelio de Lucas encontramos por qué nos va la vida en escuchar a quien conoce de qué va la vida:

«Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida. El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».

Quizá a muchos dé miedo o respeto esta parte práctica porque requiere un esfuerzo personal y van a ir apareciendo cosas que puede que no gusten o uno no sienta orgullo de ellas. Pero, la verdad es que puede ser un camino fascinante de recorrer si uno se deja acompañar e iluminar por la palabra tanto de Dios como de los hermanos que ya han recorrido ese mismo camino que empezamos nosotros. Os aseguro que, poco a poco y teniendo paciencia con nosotros, iremos adquiriendo criterio y nos sabremos nutrir de lo esencial para vivir… eternamente.