En la vida de un cristiano las cosas no suceden de una forma muy distinta a la de cualquier otra persona. Hay una falsa creencia en lo contrario que nos puede llenar de un orgullo peligroso, además de alejarnos de vivir en la verdad de nuestra vida. En ese caso la realidad se torna ficción. Y espero no hacer spoiler a quien me lee, pero los cristianos estamos hechos de la misma pasta que los demás. Somos unos pringaos, como bien me recordaba un buen amigo. Llenos de alegrías y penas, con virtudes y defectos, vividores de ilusiones y frustraciones y bendecidos con aciertos y errores que nos ayudan a crecer. Vamos, que… ¡no se nos evita nuestra condición humana!

Y, justamente, este último tiempo he palpado la mía realizando un ministerio de desarrollo de equipo de apoyo (MDEA) con sucesivos encuentros con personas. Ya me lo advertía Alejandro cuando me preparaba para este ministerio: «te sucederá que…» y yo no hacía más que rebatirlo en mi mente diciéndome «sucederá… pero a mí no». No quería que esa limitación tocara mi vida. Es inevitable. Al final, la fe mueve montañas, ¡pero no elimina nuestra condición humana! Así que lo mejor que podemos hacer es aceptar lo que vivimos sin perder la esperanza en que de todo ello sacaremos algo bueno para nuestra vida. Os comparto ese algo bueno que he podido ver yo sin evitarme todo aquello.

«Necesitarás cuatro meses»

En la vida de un cristiano también se nos pega el querer tener las cosas ya o el poder vivirlas cuanto antes. Cuando te dicen que para rodar en la dirección que acabas de descubrir necesitarás cuatro meses, todo se paraliza porque adquiere otro orden, se rompe tu esquema, hay cambios. Se va metiendo en tu cabeza una voz que no para de recordarte que podrías hacerlo en menos o, incluso, que no es necesario tanto tiempo: la gente va a responder mejor que los pronósticos. Y poco a poco, vas dándote cuenta de que no puedes controlar los tiempos ni a las personas, y al final sucede y te sucede a ti: necesitas esos cuatro meses.

Cuanto antes se acepta que ese tiempo es necesario y que en él se van a ir sucediendo cosas importantes y que en ti mismo van a suceder cosas, la vivencia de la espera y del proceso se hacen llevaderos porque todo cuenta. Nada es ajeno a la misión que más adelante se llevará a cabo. Es como aquel curso de caligrafía que hizo Steve Jobs y que diez años más tarde le ayudaría en el diseño del primer ordenador de su famosa empresa Macintosh.

«Habrá gente que te dirá que no»

En la vida del cristiano pensamos que otros cristianos se unirán a nuestros proyectos sin pestañear o que las respuestas afirmativas se darán fácilmente. Cuando te dicen que habrá gente que te dirá que no, uno piensa que ha perdido un tiempo valioso e, incluso, que algo no habrá funcionado bien. Es fácil que aparezca la culpabilidad o la autocrítica. Sutilmente percibimos que lo que hacemos no tiene valor o que nuestra persona no es lo suficientemente confiable para la otra parte. No queremos admitir un “no” porque nos habla de fracaso y aceptar que no se ha conseguido el objetivo es un paso superior. Pero al final sucede y te sucede a ti: la gente te dirá que no…

Y no pasa nada.

Es un buen momento para hacer revisión o para coger aire y perspectiva. Esto es un «ministerio de desarrollo»: si no se consigue hoy, se conseguirá mañana, o al otro, o pasado. Lo importante es estar en camino. Y las respuestas adversas nos ayudan a conocer diferentes opiniones, circunstancias y valores de los demás. No todo el mundo está llamado a acoger un proyecto-misión. Y no pasa nada.

«Te cansarás e incluso te aburrirás»

En la vida de un cristiano se nos puede conocer como personas que no paramos de hacer y hacer: proyectos, talleres, campamentos… Parece que no cabe la palabra aburrimiento en nuestro vocabulario, ¡hay tanto que hacer! Pero, cuando te dicen que llegará un día en que te cansarás e incluso te aburrirás, no quieres que llegue ese día. Todo lo que te ha dado la fe hasta el momento es un dinamismo de vida que te ha resultado muy atractivo y no quieres bajarte de ese tren. Poco a poco te das cuenta de que, encuentro tras otro, la novedad se va perdiendo por el camino. Las semanas se parecen mucho unas a otras y la rutina ya no te parece divertida. Al final sucede y te sucede a ti: te cansas e incluso te aburres.

Menos mal que nosotros no tenemos la última palabra y gracias al propio encuentro eres salvado de ese cansancio o aburrimiento. La persona que se tiene delante es distinta cada vez, cada día, cada semana, cada mes. Y con ella encontramos la salida a la falta de novedad porque suceden conversaciones interesantes, se comparten anécdotas, se interesa por cosas diferentes, se pregunta por otras… Al final, la intriga de lo que sucederá en ese encuentro mantiene viva la esperanza y, por tanto, desaparece el aburrimiento.

«Te fijarás en los números»

En la vida del cristiano también se nos cuela el éxito aunque no sea lo primero en lo que pensemos: queremos que las cosas que hacemos funcionen y lleguen a cuantas más personas mejor y, si somos reconocidos por ello, eso que nos llevamos. Lo que no queremos es hacer negocio. Así que cuando te dicen que te fijarás en los números piensas que estás haciendo negocio y eso te quita la paz. Pero, al mismo tiempo, vas viendo que cuando recibes respuestas positivas y los números crecen, no puedes evitar hacer cálculos y fijar tu mirada en las cifras. Al final sucede y te sucede a ti: te fijas en los números.

«Cada obrero merece su salario», lo has leído en la biblia y te lo recuerda quien te ha preparado para este ministerio. Y, gracias a Dios, vuelves a respirar con paz. Es bueno hacer balance porque nos ayuda a saber si lo que hacemos sirve o no sirve. Y establecer unos objetivos facilita el mantener la motivación y la constancia durante todo el proceso. Lo que hace que nuestra mirada vuelva a fijarse en lo importante es saber que uno está enfocado.