La experiencia de vivir mi primer capítulo y con ello mi primer compromiso en la comunidad ha sido un regalo, una bendición desde ese primer momento de compartir el viaje en coche desde Cantabria a Ciudad Real. Ese trayecto ha sido la oportunidad para conocer mejor a personas muy especiales con las que no había tenido ocasión hasta ahora de compartir tanto tiempo y poderlo hacer en estas horas de viaje ha sido una bendición.

 

El retirarse a un lugar alejado, con cierta «austeridad» y pasar allí este tiempo, es la oportunidad para darse cuenta de que no es tanto lo que se necesita, y a la vez uno percibe que es más lo que necesita en su vida diaria, más de lo que allí realmente le está llenando, más alabanza, más tiempo para descansar en el Señor, para vivir en esa comunión entre Dios y entre los hermanos.

 

A nivel comunitario también es importante conocer y hacer el balance de lo que se ha hecho hasta el momento; pero sobre todo es importante, es necesario y motivador reforzar el punto hacia donde caminamos juntos y eso se encontraba también allí presente.

 

Durante las semanas y días previos tenía muchas ganas de recibir la cruz que simbolizaba el compromiso, pero cuando ya se acercaba ese momento, brotó en mí angustia, me llené de miedo, de ganas de llorar y me fui minutos antes a la habitación con malestar, caído de ánimo; poco después caminaba conmigo alrededor de la casa una de las  bendiciones recibidas en forma de hermano; caminaba escuchándome y yo escuchándole y recibiendo de él las palabras que me llevaban a la calma y a afrontar la ceremonia con el ánimo de nuevo restablecido, ¡gracias!

 

El evangelio de la eucaristía fue muy significativo para mí, la figura de María en la anunciación personalmente me hablaba de mi momento de fe vivido en esta etapa y del compromiso que ya había tomado con el Señor hace un tiempo atrás y por el cual estaba allí. Compartir aquella ceremonia de compromisos con personas que llevaban años formando en mayor o menor medida parte de mi vida y de la de mi mujer llevaba una carga emotiva especial, pero también lo era hacerlo con los compañeros de «primer compromiso», compañeros a los cuales fugazmente había conocido unas semanas antes y a los cuales también me emocionaba ver allí de nuevo dando aquel paso juntos.

 

El máximo exponente de la experiencia para mí llegó el Domingo. Me levanté cargado de espíritu, de fuerza. La alabanza de la mañana fue de esas que dan sentido a todo, en las cuales sientes claramente su presencia, te impregnas de su luz, descansas en su paz, se reaviva su espíritu en ti, de las que se está tan bien que uno no se iría de ese lugar, que no necesita más; y cuando finaliza y abres los ojos sientes una calma absoluta y una pizca de agradable confusión, de desubicación que incluso sucede estando en el sitio más habitual. Y la alabanza del Domingo fue una de esas, orar intensamente juntos en comunidad es algo realmente especial y potente.

Abrazo en comunidad

Las horas posteriores todo estaba como super potenciado, como si le hubieran echado una de esas pastillas de caldo que se echan a los guisos y que potencian los sabores, pero en esta ocasión echada a la vida. La comida, aun siendo sencilla como los días previos, pasó a ser espectacular, estaba riquísima, todo era de agradecer, de dar gracias por ello, cada ingrediente, el pan, la bebida… todo se percibía resplandeciente, la luz que entraba en ese instante por las ventanas, la conversación… y en aquel momento de la comida brotó un sentimiento hacia aquellos hermanos, un sentir muy intenso hacia aquellas personas sentadas en torno a aquellas mesas… las palabras que venían a mi cabeza y el sentir era de profundo amor a aquellas personas, a aquellos hermanos, a aquella comunidad. Gracias Señor por todos ellos.

 

Pero aun así quedaba esa guinda de pastel. Las adversidades conllevan circunstancias y esas circunstancias son positivas cuando el resultado es que el viaje de regreso a casa lo haces con una nueva hermana en el coche que convierte lo que podía ser un cansado viaje de regreso en una nueva bendición de poder compartir tiempo con esa persona con la que desde el primer día la percibiste acogedora, cercana y te resultó muy fácil sentirte a gusto con ella.

 

Y después de todo esto, queda al día siguiente regresar al trabajo… a la vida más cotidiana, bajar del monte Tabor, pero después de pasar rato en la presencia del Señor uno siente que cotidiano, no debe ser rutinario o vacío, y uno se siente llamado con gozo a ser o intentar al menos ser un espejo que refleje a los demás ese lugar maravilloso que es la presencia del Señor.

 

Gracias Señor por las cosas grandes que haces en cada uno de nosotros.

 

Leo.