Durante un año pudimos compartir en comunidad la lectura de Historia de un alma. De aquellas páginas nació en mí un profundo deseo: aprender a mirar al Señor como lo hacía Teresita, con su humildad, su sencillez y ese amor tan grande que la llevaba a desear el bien y la salvación de cada alma. Para ella, la verdadera perfección consistía en hacer la voluntad de Dios, en llegar a ser aquello para lo que Él nos llama, olvidándose de sí misma y hacer las cosas por y para el Señor. Decía que “cuando más se acerca uno a Dios, más se simplifica”.

El camino de la sencillez en Dios

En la historia de su familia encontramos una espiritualidad profundamente contemplativa. Sus padres, Louis y Zélie Martin, valoraban mucho el silencio, la oración y el recogimiento ante Dios. Desde pequeña, Teresita aprendió a vivir la fe de una manera cercana y confiada, hablando con Jesús, con naturalidad e inocencia o con “Mi amado o Mi esposo” como lo llamaría posteriormente. Años más tarde, ya en el Carmelo, la oración contemplativa y silenciosa siguió ocupando un lugar central en su vida. Teresita decía que “el Señor no baja del cielo para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo, que le es infinitamente más querido que el primero, el cielo de nuestra alma“.

Para ella, adorar era mirar a Jesús, dejarse mirar por Él y confiar. Muchas veces no encontraba palabras, pero sabía que Él estaba allí, acompañándola y amándola.

En una de sus oraciones decía:

Sagrario del Altar el nido de tus más tiernos y regalados amores. Amor me pides, Dios mío, y amor me das; tu amor es amor de cielo, y el mío, amor mezclado de tierra y cielo; el tuyo es infinito y purísimo; el mío, imperfecto y limitado. Sea yo, Jesús mío, desde hoy, todo para Ti, como Tú los eres para mi. Que te ame yo siempre, como te amaron los Apóstoles; y mis labios besen tus benditos pies, como los besó la Magdalena convertida. Mira y escucha los extravíos de mi corazón arrepentido, como escuchaste a Zaqueo y a la Samaritana. Déjame reclinar mi cabeza en tu sagrado pecho como a tu discípulo amado San Juan. Deseo vivir contigo, porque eres vida y amor. Por sólo tus amores, Jesús, mi bien amado, en Ti mi vida puse, mi gloria y porvenir. Y ya que para el mundo soy una flor marchita, no tengo más anhelo que, amándote, morir.”

Sus palabras siempre me han conmovido por su sencillez y profundidad.

La adoración: un encuentro de amor y consuelo

Fue durante los años de la pandemia, en medio de tanta enfermedad, incertidumbre y dolor, cuando surgió una necesidad urgente de cubrir horas de oración en una capilla de adoración perpetua de Burgos. Allí, día y noche, muchas personas se turnan para mantener un espacio de silencio, oración y compañía ante la presencia del Señor. Fue en aquel momento cuando di conscientemente mi “sí” y me comprometí como adoradora. Mi corazón dista mucho de la pureza y sencillez de Teresita, pero siento que compartimos algo esencial: el amor a Jesús. Muchas veces llego a ese lugar de oración cansada, llena de miedos, tristezas, preocupaciones y también pequeñas alegrías acumuladas a lo largo de los días, como si se tratara de una mochila cargada que empiezo a vaciar ahí mismo. Y casi siempre empiezo igual: “Aquí estoy otra vez, ¡Señor te amo, pero cuánto más te necesito!”.

Aunque creo que Dios está presente en todas partes, siempre tengo la sensación de que allí me espera de una manera especial; como Jesús esperaba a la samaritana junto al pozo, dispuesto a escuchar, abrazar y aliviar todo aquello que llevo dentro. A veces pienso en lo extraordinario que resulta encontrar un lugar donde el ruido del mundo parece detenerse. Un lugar donde el corazón descansa, donde lo humano y lo divino parecen tocarse, donde la fragilidad encuentra consuelo y esperanza. También me lleva a recordar a las personas que ya no están y a sentirlas cercanas en la oración, sostenidas por el amor de Dios.

Hace unos meses encontré en esa misma capilla una pequeña estampa con la imagen de una preciosa custodia junto a unas palabras de santa Teresita que guardo con mucho cariño:

“Mi Jesús Eucaristía,
Mi gran Amor y consuelo,
que te ame tanto,
que de amor por ti muera”.
Santa Teresita del Niño Jesús y la Santa Faz

Al leerla sentí, de alguna manera, una profunda cercanía entre el Señor, el testimonio de Teresita y mi propia vida.

Que Dios te bendiga y que tengas un feliz día.

Patricia Carcedo