Poner por escrito una experiencia tiene sus limitaciones y más aún encontrar las palabras que transmitan las emociones que vivimos el pasado fin de semana en el encuentro de Pentecostés que tuvo lugar en Valencia, uno de los núcleos de la comunidad Fe y Vida. ¡Pero vamos a ello porque esto se trata de compartir!

El motivo de este encuentro era múltiple: por una lado, terminábamos el primer curso Alpha online y queríamos que los asistentes pudieran hacer viva la fe que han estado conociendo y debatiendo durante las sesiones que tuvimos. Por otro, en Valencia hay un grupo pequeño de universitarios que se han estado reuniendo presencialmente (cuando se podía) y a través de Zoom todo este año de pandemia tratando temas de la vida de un cristiano, y buscábamos que pudieran pasar de lo escuchado a lo vivido en comunidad. Nos ha sucedido lo mismo en Torrelavega con dos grupos de jóvenes a los que queríamos invitar a dar un salto experiencial en la fe. Por último, nos acordábamos de que no pudimos realizar nuestro campamento de jóvenes, IMPACTO, el verano pasado y teníamos ganas de poder reunirnos de nuevo para ofrecer algo más a todos estos jóvenes que se han acercado a la comunidad.

¡Ah! Y celebrar la fiesta de Pentecostés juntos. Motivos suficientes, ¿verdad?

Quien tiene fe mueve montañas

Se me ocurría esta otra frase: «el que la sigue la consigue», pero en este caso lo que ha permitido realizar esta reunión ha sido la fe y la locura de tres personas que hace apenas mes y medio hablaron de la posibilidad de volver a hacer un evento comunitario, pero las circunstancias del estado de alarma no ayudaban. ¿Qué podíamos hacer? Precisamente, una de las charlas que escuchamos el sábado hablaba de dejar al Espíritu Santo ser el protagonista para hacer la historia. Así que la acción estaba en empeñarnos en dejar el timón a Él y estar a la espera. Así se fue perfilando el boceto del encuentro y, aunque el día central era el sábado, el viernes viajamos desde los núcleos de Cantabria y Granada para calentar motores y participar en una adoración en la iglesia donde colabora y se reúne el núcleo de Valencia. Para poner la guinda al fin de semana, el domingo tuvimos la celebración de Pentecostés en la eucaristía en la que Fe y Vida colaboró con la música.

Durante el encuentro nos animaron a tomar decisiones y dar pasos con la ayuda del Espíritu Santo porque es notoria la diferencia de tenerle o no en nuestras vidas. De hecho, fue el mismo Jesús el que nos decía hace poco en el evangelio:

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Jn 16, 12-15

¿Para qué pedimos el Espíritu Santo? Fue una de las muchas preguntas que lanzaron al aire y nos hizo reflexionar. Personalmente, yo quiero hacer vida esas palabras: que me muestre la verdad plena sobre mi persona y mi vida, además de poner luz en lo que está por venir a mi alrededor y pudiera aportar.

Quien tiene fe mueve montañas quedaba muy claro cuando te parabas a observar, desde la barrera, lo que estaba sucediendo alrededor: veías jóvenes que habían venido de Madrid, de Málaga, de Santander, de Granada… ¡solo para un día!

Necesidad de comunidad

Quizá no importaba tanto la duración del encuentro sino aprovechar la ocasión de estar juntos. Y estos jóvenes sabían, al menos algunos, para qué se habían acercado ese día: para poder orar con alguien, para compartir el camino que llevan recorrido, para disfrutar jugando, para interceder unos por otros, para conocer y conocerse, para sincronizar sus vidas con Dios, para fortalecer y crecer su fe… en comunidad. ¡Hubo muchos “para qué” reunidos en un mismo lugar y momento! Reunidos… en comunidad. Todo ello reflejaba otras palabras que escuchamos sobre el Espíritu Santo que inspira dones, carismas, misiones y proyectos, y nos hace llegar a otra dimensión en nuestras vidas cuando las vivimos en comunidad. De otra forma se nos haría costoso conocer o descubrir, pero en relación con otros se nos abre un horizonte de posibilidades.

Esta idea caló mucho más en cuanto nos hablaron de las piezas de Lego. En seguida nos imaginamos de pequeños construyendo un barco, una nave o una casa pieza por pieza, con la ayuda de nuestros hermanos y amigos. ¡Cada uno ponía su pieza y se formaba algo importante! De la misma manera sucede cuando nos apasionamos juntos y nos reunimos para crear algo grande que nos hace vivir experiencias con una riqueza auténtica si las vivimos junto a otras personas. Entonces, vino otra pregunta lanzada al aire: «Lo que estoy haciendo, ¿es lo que tengo que hacer?». Nuestra pieza, nuestra parte: ¿dónde la ponemos o estamos poniéndola? Qué importante es que pueda ayudar a construir, a hacer crecer algo en nosotros o en un nosotros.

Ser o no ser el joven rico

Siempre se habla de este joven rico y nos es conocido a pesar de no saber su nombre. Hace unas semanas nos revelaban el motivo de esto: su negativa a seguir a Jesús, el decidir no optar por Él. Así que este joven rico se ha quedado sin identidad para él mismo y para el mundo. «Y vosotros, para qué queréis estar convertidos?», una vez más, pregunta lanzada al aire. Escuchamos palabras sobre la importancia de la conversión: esa decisión personal de tener a Dios como eje central de nuestras vidas una vez que hayamos tenido un encuentro personal con Él.

Y para esto último hubo momentos dedicados a dejar entrar a Dios en la vida de cada uno de los que asistimos. Quizá fueran estos los momentos que marcaron la diferencia en el encuentro. ¡No dejaron indiferente a nadie! El Espíritu Santo se lució y, como siempre, no defraudó: en seguida saltaron lágrimas de alegría, de perdón, de paz, de amor, de conversión… Todos los jóvenes que se acercaron dudosos o decididos, indiferentes o necesitados a rezar por ellos y dar una oportunidad a Dios, volvían a su sitio con otro rostro ya más calmado o fortalecido. Habían cambiado sus miradas, habían bajado sus barreras y habían experimentado gratitud en su corazón.

¡Allí estaban porque habían descubierto que querían algo más! Y a todos se nos puso delante esta opción: Y ahora… ¿qué?

En la comunidad nos hemos dado cuenta de lo importante que es hacernos cargo de la gente: acogerla, escucharla y dar respuesta a sus necesidades. Este encuentro es fruto de este anhelo de poderles compartir la Buena Noticia que nos ha salvado la vida.