Hace unos días andaba buscando un versículo de la Biblia para apoyar una charla. Quería que fuera directo, es decir, expresado a un tú. Entonces me acordé de las cartas paulinas que están dirigidas a una persona o iglesia concreta y fui directamente a ellas. Cuando comencé a echarles un vistazo, rápidamente me di cuenta de la valía de aquellas palabras… ¡Qué bendición! Poder leer esos ánimos, esos consejos, esas advertencias y exigencias para la vida de fe, me emocionó. ¿No es un tesoro contar con alguien que te recuerde lo importante para tu vida, te anime en tu caminar y te guíe con su experiencia? Por un momento me puse en la piel de Timoteo o de los de Corinto y me imaginé lo que sería sostener aquellas cartas escritas a mano por el mismo Pablo, apóstol de Cristo, preocupado por sus vidas.

Dejé correr poco la imaginación porque hoy también contamos con este tipo de cartas miles de años después. Es cierto que en forma de correo electrónico, mensaje de WhatsApp o post-it pegado en tu mesita de noche. Esa misma guía la tenemos personificada en una persona cercana a nosotros, en el fundador o responsable de nuestra comunidad o movimiento y también en nuestro entrenador o profesor. ¡Cuánto bien nos hacen y cuánto valen!

Hoy quiero escribir una de aquellas cartas (perdonad mi osadía) para quien no cuente con una persona como Pablo en su vida. Y también para quien necesite luz en su caminar, esperanza en su vida y horizonte en su mirada.

Querido/a hermano/a:

Han pasado pocos días desde la última vez que hablamos y me compartías tu reciente alegría de seguir a Jesús pero, a la vez, lo difícil que se te hacía mantenerte fiel cada día al Evangelio en la sociedad que nos ha tocado vivir. Recuerdo bien tu rostro sereno, contento y algunas muecas que hacías cuando te adentrabas en terreno pedregoso al hablar de tus dificultades cotidianas. Nuestra conversación no terminó ese día y sé que todavía se darán muchas otras, pues eres una persona inquieta y acabas de estrenar este camino cristiano, pero hoy quiero ser yo quien te cuente a ti.

Hablar de Jesús, decir que creo en Él y que ha cambiado mi vida tras conocerle de una forma personal y no de oídas, siempre me trajo problemas a la hora de expresar a amigos y familiares lo que vivía o había experimentado. La conversión, si no la vives, no se puede describir con palabras que lleguen a comprenderse. Tus amigos quizá no vean la importancia de cambiar o dejar atrás aquellas cosas que te separan o alejan de lo que estás llamado a ser y a vivir. Quizá tienes miedo de contar y expresar estas cosas porque ¡son tan diferentes a lo que están acostumbrados a escuchar! Tú no eres solo un cristiano de misa los domingos. No, tú has conocido una comunidad y, poco a poco, estás dando pasos, adquiriendo compromisos y dirigiendo tu vida a través de ese «Sí» que pronunciaste hace ya tiempo. Puede que piensen que estás en una secta, pero no se turbe tu corazón: deja que el tiempo de tu fidelidad hable por ti y ellos verán en ti que sigues siendo tú, pero en tu mejor versión.

A veces, sobre todo si escuchas esas voces, puede que te venga el miedo de pensar que todo es una mentira o una imaginación tuya. Más que nada en temporadas donde tengas mucho ese tipo de experiencias de parte del Señor y con Él, que tú solo puedes reconocer y vivir, y te haga ver que estás solo en esto y no hay más personas a tu alrededor que vivan o han vivido aquello. Tener quien nos entienda es importante cuando vives algo por primera vez y sé que para ti significaría mucho que los tuyos comprendiesen o, al menos, te escuchasen cuando les compartes lo que vives. Ya llegará ese día, no desfallezcas y ten esperanza. El Señor te ha regalado la comunidad para no quedarte sin nada ni nadie. Esta comunidad te entiende y acoge en el momento actual que estás viviendo, ¡coge fuerzas ahí! Y descansa.

«Pero, ¿qué pasa con aquellos que me rechacen?», me ha venido a la mente una de tus preguntas de nuestra última conversación. Me contabas que desde que vives «a lo cristiano», tus amigos no quieren que salgas con ellos o pases las tardes en sus casas por si vas a juzgar su modo de vivir. Vi el miedo en tu mirada y como si tu corazón se parase por un momento. Conozco esa sensación y tu miedo de que las personas que quieres no se sientan libres a tu lado, como quien tiene un amigo psicólogo o psiquiatra y no puede evitar pensar que le esté psicoanalizando. Recuerda: tu público es Dios. Cada persona es libre de hacer según su conciencia y tú has optado por una manera concreta de vivir que curiosamente es contracultural, pero tan válida como cualquier otra y que habla de Verdad. Ve tras la Verdad, ocúpate y preocúpate solo de esto. Lo demás, déjaselo al Señor. Habrá momentos duros en los que tengas que elegir esto o aquello, esta persona u otra según tu opción de vida de fe. Tu decisión de seguir a Jesús tiene consecuencias, ¡no lo olvides! Sufrirás cuando te dejen por no querer vivir las cosas del mundo. Entiendo tu miedo ahí. Ten presente que hay un Dios que pelea por ti y nunca te dejará de lado.

Me has planteado miedos que son externos más que nada. Pero llegará un día, espero que pronto, en que tu mayor miedo sea rechazar el amor de Dios, no ser fiel a él y olvidarte de todo lo que ha hecho en tu vida, de las veces que te sentiste amado por él y notaste que te quería. Hay otro miedo que puede asomar y que bien tiene que ver con tu autoestima. Puede que no te sientas digno de ser amado ni merecedor de ese amor de Dios. Incluso que no te creas que eres un hijo amado de tu Padre Dios y que tengas miedo a equivocarte, a no hacer lo que Dios haya pensado para ti o desfallezcas por el camino nada más empezar. Ten fe y permanece. Jesús va a cambiar tu corazón: donde encuentre temor pondrá confianza, donde encuentre inseguridad pondrá fortaleza y donde encuentre error pondrá amor. Confía, déjale el timón a él y acude a tus hermanos en la fe para recobrar la mirada en lo importante.

Este camino de fe que recorremos juntos está más lleno de bendiciones que de sufrimientos. Hemos descubierto una nueva forma de orar y de relacionarnos con el Señor: es distinta a como solíamos conocer; no hay cofradías, peregrinaciones ni romerías… Al inicio, con nuestra conversión y la presencia tan fuerte del Señor, no tenemos miedo, nada nos para. El miedo lo teníamos antes cuando no sabíamos hacia dónde mover nuestros pasos ni a qué o quién amar. El momento de conocer al Señor, de encontrarnos con él está lleno de alegría y de mucha paz. Esos miedos pasan a segundo plano porque estamos más seguros al saber que hay un Dios que pelea por nosotros y está a nuestro lado todos los días de nuestra vida. Al final no te preocupes porque vas a superar y valorar desde el Señor todo lo que vayas viviendo. Merece la pena este camino con él. ¡Tienes a Dios de tu parte y una familia cristiana a tu lado! Recuérdalo siempre. Tu fortaleza es tu historia con él. Tu esperanza es tu conversión. Tu seguridad es la libertad,  salvación y vida eterna que el Señor ganó en la cruz para ti.