A veces, en nuestro entorno cristiano, se pasa por alto la madurez emocional de las personas. Quizá no se le dé tanta importancia en la Iglesia y esta se centre más bien en la vida espiritual y la práctica cristiana de sus miembros. Cada vez más vemos la realidad humana. Una realidad repleta de limitaciones y falta de recursos para poder hacer frente a la vida. No es de extrañar que el crecimiento espiritual se vea frenado por las propias taras personales. ¿Quién tiene la solución para vivir una vida en plenitud? A alguno le habrá venido a la mente Dios, ¡por supuesto! Pero, para aterrizar este tema y poderlo acoger en nuestra cotidianidad necesitamos algo práctico. Y es aquí donde entraría la inteligencia emocional.

El pasado fin de semana nos metimos de lleno en este apasionante, necesario e interesante mundo. Como sabéis, la comunidad Fe y Vida tiene varios planes de formación y el último en incorporarse ha sido el «Plan 104» sobre inteligencia emocional. Lo impartió Josué en nuestra casa comunitaria Siquem. Nos advirtió de que no iba a poder abarcar todo lo que él había estudiado, leído y formado sobre el tema, pero nos había confeccionado un índice con el contenido más importante. Quería transmitirnos una formación necesaria para aplicarnos personalmente y, también, para poder ayudar mejor a otros a través del acompañamiento personal. Para Fe y Vida es crucial la persona: cómo está, qué necesita, en qué momento vital se encuentra y cómo está su relación con Dios. Y, aunque a priori no podamos apreciarlo o nos diga poco el nombre, la inteligencia emocional tiene mucho que ver en todo esto.

¿Os suena el autoconocimiento, el autocontrol de pensamientos, la asertividad, la aceptación, el compromiso, la integridad, la resiliencia o la psicología positiva? Suenan muy bien, son atractivos. Forman parte de lo que abarca este tipo de inteligencia. Son campos conocidos porque están al orden del día, pero podemos caer en el error de pensar que eso lo tenemos interiorizado y lo vivimos de forma natural. Aunque una vez nos adentramos en cada uno de ellos y conocemos lo que son realmente y cómo se viven… ¡nos descubrimos unos principiantes! Y podemos querer huir y no abrir más la caja de pandora. Pero, ¿no queremos llegar a nuestra mejor versión… a esa vida en plenitud?

Este tipo de inteligencia no se consigue de la noche a la mañana, requiere un trabajo personal constante y la ayuda de otros. Esto nos quedó claro desde el primer momento y fue tema de conversación en los momentos de diálogo. En nuestras relaciones personales nos encontramos con personas que, o bien no quieren trabajarse porque no ven que lo necesiten a pesar de que objetivamente los demás lo vean, o bien son débiles en su voluntad. Hay a quien le cuesta dejarse conocer y ayudar. Este es el principal muro con el que tropezamos cuando iniciamos un acompañamiento. Es cierto que en la sociedad en la que vivimos se ha extendido la cultura de maquillar los defectos o aquellas parcelas de nuestro comportamiento y pensamiento que no sean coherentes con lo que uno quiere vivir o es bueno vivir. Esto dificulta el poder ser nosotros mismos sin miedo a hacer evidente la diversidad, mostrarnos en nuestra verdad para, a partir de ella, mejorar, crecer y madurar. Hoy nos cuesta aceptarnos (acoger cómo somos, qué hacemos, cómo vivimos), tampoco nos aceptan (no acogen nuestro yo genuino) y vivimos encerrados en el sufrimiento que ello nos repercute: no llegamos al ideal personal o a los cánones de la sociedad.

Por ello, es importante empezar por el primer paso: el autoconocimiento. Se reconoce por la sencilla pregunta de ¿quién soy yo? Es la manera de poner las bases, de saber desde dónde partimos y, a partir de ahí, empezar a construir, modificar, eliminar… Responder a esa pregunta nos dará una respuesta que hable de sentido de nuestra vida, de la misión que tenemos en ella e incluso de en qué lugar queda nuestra persona, qué importancia tiene en el mundo de hoy (un tema también controvertido en nuestra cultura: ¿qué es el hombre?). Conocerse lleva tiempo, pero tenemos modos concretos para obtener un pequeño boceto de quiénes somos. Uno de ellos es la «Ventana de Johari» que habla de nuestras áreas pública, ciega, oculta y desconocida o, en una palabra, de transparencia.

Si queremos seguir dando pasos, el siguiente sería el autocontrol. Éste tiene que ver con nuestro pensamiento. ¡Cuánto nos hace sufrir inútilmente en tantas ocasiones! Josué nos hizo evidente que vivimos en un mundo donde reina lo irracional y brilla por su ausencia el pensamiento correcto. Nos «empeñamos» en pensar erróneamente y esto nos crea sufrimientos no reales, pero que vivimos como si lo fueran. De ahí que aparezca la ansiedad, el estrés o el burning out. Fue clave conocer el funcionamiento cognitivo y su relación con las emociones y sentimientos. Ni las personas nos producen malestar ni las situaciones nos hacen sentir pequeños. ¡Es nuestra manera de enfocar! Nuestro pensamiento erróneo o irracional nos lleva a sentir emociones esporádicas que, si seguimos anclados en esos pensamientos, producen una emoción más intensa y alargada en el tiempo: el sentimiento. Y aquí es donde reside el problema de muchos: quedarnos en el sentimiento, darle importancia sobre las personas con las que nos relacionamos y las situaciones que vivimos. Ese no lograr disociar el sentimiento o emoción de la persona o situación nos dificulta el camino.

Todo esto se podría englobar en las competencias en inteligencia emocional tanto de tipo personal (lo que comentaba de la transparencia, la resiliencia, la integridad o responsabilidad) como de tipo colectivo (los valores, los fines y principios).

Son muchas cosas las que escuchamos ese fin de semana, pero no quería terminar este artículo sin comentar otro tema importante: la asertividad, la capacidad de expresar nuestras opiniones y deseos de forma clara, no ofensiva, exponiendo razones y en el momento que juzguemos adecuado (M. J. Smith). Copio su definición porque hay quien confunde este término y, además, viene bien saber en qué se concreta. Hoy sabemos que marca la diferencia quien tiene una actitud asertiva pues… ¡se evita muchos problemas y no los crea! En la vida comunitaria es un punto fuerte para vivir las relaciones personales en la verdad y para el desarrollo y vivencia de la misión. Como dato curioso decir que todos tenemos una lista de derechos asertivos muy interesantes con los que nuestra vida puede ser más sencilla y hacérsela más sencilla a los demás.

¡Vale la pena invertir en nosotros mismos, en nuestra mejor versión y ayudar a otros a alcanzarla!