Desde que fui a vivir a Granada con la comunidad mi vida ha cambiado radicalmente.

 

El contexto de mi vida era muy diferente: mi vida era la de alguien sin perspectiva de futuro, con vaivenes afectivos y una rutina desordenada. Hay que remontarse a principios de otoño de 2018, un chico perdido, con una vida en absoluto cristiana y, honestamente, sin muchas ganas de vivir. Cuando uno de los miembros de Fe y Vida me llamó para preguntarme qué tal estaba yo, no pude evitar ser completamente sincero. Después de una no muy larga conversación me ofreció la posibilidad de irme a Granada a vivir (una oferta que estaba en pie hacía un año atrás y que claramente había rechazado). Pero esta vez fue distinto, esta vez dije que sí.

 

Al llegar todo era nuevo para mí, había gente que conocía pero mucha gente que no, calles nuevas que me hacían sentir aún más perdido y un ambiente cristiano que no lograba comprender y que a menudo provocaba mi enfado; no entendía a Dios y tenía la sensación de que Él no me entendía a mí. Pero decidí seguir intentándolo, ¿el qué? Sencillo: confiar en Dios. También gracias a gente de la comunidad, dejé de fumar marihuana, lo cual tras unos meses con algo de ansiedad y alguna que otra noche sin dormir, dejó de ser un drama y pasó a convertirse en una mera anécdota. Pero a medida que dejaba los vicios, mis heridas emergían y me resultaba muy complicado pasar más de tres días seguidos sin llorar, creyendo que era incapaz de absolutamente todo, pensando que no sería feliz nunca y que las personas como yo somos los defectos de fábrica de la creación de Dios. Aun así reafirmé mi postura de seguir confiando en Él. Entonces poco a poco, mientras pasaba el tiempo, Dios empezó a resultar atractivo. Iba a las asambleas con ganas de rezar, de llorar, de pedir y de dar gracias y poco a poco iba siendo consciente de que Dios estaba transformando mi vida y mi corazón; todo gracias a un “sí” que di cuando no tenía ninguna esperanza y pensaba que todo estaba perdido. Encontré en Dios el mejor hombro sobre el que apoyarme y en la comunidad una familia que nunca me ha pedido nada a cambio de su amor y su apoyo incondicional. No significa que no hubiera obstáculos y caídas en el camino y, cuando uno bucea a las profundidades de su historia, necesita casi siempre ayuda externa. Pedir ayuda es de las cosas que he aprendido estando aquí, y qué bien me ha venido en tantas ocasiones. 

 

Después de 16 meses viviendo aquí puedo decir alto y con orgullo que no soy el mismo. Pero no puedo negar que fue difícil. Y a día de hoy me sorprendo a mí mismo cuando, recuerdo que no quería saber nada de Dios y solo quería sobrevivir entregando mi vida a lo que el mundo vendía como «libertad» y ahora en ocasiones hablo con Él (digo en ocasiones porque reconozco que el hábito de rezar a diario aún me cuesta). A día de hoy vivo en una casa con miembros de Fe y Vida en la que somos una pequeña familia, vivimos por y para los otros, rezamos una vez a la semana en casa y nos ayudamos en la medida que podemos a crecer en todos los ámbitos de nuestra vida, siendo Luis el cabeza de esta pequeña familia. He aprendido a confiar en la gente de la comunidad y gracias a ellos mis mecanismos de defensa han ido desapareciendo. Mi corazón sigue con heridas, pero muchas de ellas ya van cicatrizando y, aunque a veces los días se me hacen duros y también algunas situaciones, sé que tengo a Dios de mi lado para afrontarlas. En definitiva vivo con más paz, con más ganas de construir mi futuro, con más esperanza y con más fe. Estando en Comunidad he encontrado mi camino.