Hace un par de semanas, cené en nuestra casa de Siquem con cuatro jóvenes comprometidos de la comunidad y dos de mis amigos, ambos personas no creyentes. Dolos invitó a uno de ellos en concreto para que compartiera con los chavales su experiencia en el ámbito profesional. Al despedirnos, no sé muy bien por qué salió el tema pero Dolos rescató un comentario de Josué de la predicación de ese mismo viernes: que los cristianos no tenemos que pensar que estamos por encima de los demás. Y a mí me trasladó al Evangelio de esa misma mañana y lo compartí también.

Era la parábola de los dos hijos. Esa que empieza por «Un hombre tenía dos hijos». Esta parábola nos cuenta que este hombre manda a sus dos hijos a trabajar a su viña y recibe dos respuestas distintas: uno dice que no pero después obedece y el otro dice que sí y luego no lo hace. Y se lanza la pregunta de «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?». Me había removido pensar cuántas veces los que decimos ese sí al Señor dejamos de hacer aquello a lo que nos habíamos comprometido, y por otro lado, cuánta gente que no trata con el Señor está haciendo cosas buenas. Y me llamó la atención la cara de interés y aceptación de mi amigo. Yo nunca he tenido especial problema en hablar abiertamente de la comunidad o mi vida sacramental con mis amigos o en el trabajo. Tampoco significa que hable sin parar de ello. Pero es curioso observar cómo las parábolas siguen siendo tan asequibles para cualquiera.

Me gustan mucho este tipo de parábolas, las que hablan de la familia, porque son más cercanas y entendibles. Cuando te hablan de ovejas o de viñas, hoy en día, que lo más cerca que estamos de la actividades primarias es por la tele, siempre has necesitado alguna explicación de qué es un sarmiento o de cómo se comportan las ovejas y los pastores. Pero la familia es algo para lo que no necesitas unos estudios específicos. Y es chulo ver cómo el trato cercano y abundante con el Señor es como el trato de casa, de tu familia. Un hombre tenía dos hijos, mi padre tenía dos hijos, otro y yo. Otro…

Hay otro hermano que me ha hecho sombra en esta historia y que le dice que no a nuestro padre. Y es por él por lo que nos preocupa todo este tema del lenguaje, por cómo dirigirnos a ese otro hermano que tengo y que comparte o no mi fe. Lo que Jesús hizo para hacerse entender fue hablar en parábolas. Es algo que hemos oído, leído o dicho multitud de veces, que Jesús hablaba en parábolas para que la gente de su tiempo lo pudiera entender. Pero no solo sus contemporáneos, Jesús ha hablado para la gente de todos los tiempos y para todo el mundo. Otra cosa es que ni siquiera los discípulos más cercanos pudieran comprender el alcance de la radicalidad de su mensaje y de su vida, ni a Él mismo.

Josué también decía en esta predicación que a Dios no se le podía comprender totalmente. Es normal, somos pequeños seres finitos frente al infinito Dios del universo y de los tiempos. Pero se nos va revelando poco a poco. Nos va permitiendo conocer detalles para guiarnos y acompañarnos. Y es que Jesús nos ha dado el lenguaje natural para hablar de Él y de «sus cosas», y en ningún momento nos ha pedido ni enseñado que separemos la fe de la vida. Esto también es algo propio de esta comunidad. Si nos acercamos al Señor en serio, si lo tenemos en nuestra realidad, a nuestro lado, se hace entendible para los que no lo conocen, se hace «normal» sin perder su grandeza.