¡Hola de nuevo a todos!

En el artículo de hoy os vengo a contar cuál ha sido mi experiencia en los meses que he pasado en Siquem en la Escuela de Discipulado que ofrece la comunidad. Antes de nada, si no leisteis el post que escribí cuando fui para allá, te recomiendo que dejes de leer y hagas clic en este enlace y lo leas, me podrás seguir mucho mejor. Venga, léelo y ahora vuelves.

Si lo has leido, una de las cosas que decía era que creo que estamos en un momento crítico en la Iglesia (universal pero especialmente en la Iglesia Católica). Y creo que en general no estamos respondiendo, no estamos sabiendo estar a la altura de las circunstancias. Es imposible no hacer el paralelo con el Coronavirus: cuando veíamos que venía el virus pero aún no afectaba a mucho nos lo tomábamos a broma, cuando alguien proponía cancelar actividades decíamos «¡Qué exagerado!» y fuimos poniendo parches hasta que fue demasiado tarde. Y sí, reaccionamos, pero si hubiéramos reaccionado antes se hubieran evitado muchísimos contagios, se hubieran salvado muchísimas vidas… Pues bien, la Iglesia tiene un virus también desde hace bastante, es el virus del «Peter Pan individualista». Me explico, creo que los problemas de la Iglesia (que son muchos) tiene una causa raíz doble:

· El individualismo, que es un mal de la sociedad, no sólo de la Iglesia, pero que nos ha infectado: creemos que esto de la fe es «yo con Dios» y, aunque puede haber gente que nos enseñe cosas, que nos oriente, que nos aconseje… en el fondo sigue siendo «yo con Dios». Y el cristianismo, lo siento para el que no lo vea, es comunitario. Jesús vivió en comunidad, estableció una comunidad y enseñó a vivir en comunidad.

· La falta de madurez (de ahí lo de Peter Pan) de los cristianos: esto es más difícil de explicar y de ver, pero la idea es que la mayoría del pueblo cristiano vive una fe de niños. Y aquí estoy hablando de gente «convertida», «que va a misa». Gente que puede que la doctrina básica la tenga clara y no falte a misa un día de precepto, pero que dejó de crecer porque hay partes de su vida que no están rendidas a Dios. Gente que no sabe distinguir lo esencial del mensaje cristiano de lo accesorio, gente que no es capaz de «ser padres» de otra gente.

Y todo este rollo, ¿qué tiene que ver conmigo y mi estancia en Cantabria? Tiene todo que ver. En mi estancia en la escuela de discipulado he vivido en comunidad: con la «comunidad de vida» que en la práctica es Siquem y con la comunidad repartida por Cantabria. He experimentado cómo las vidas se entrelazan, conoces los problemas de los hermanos y ellos conocen los tuyos. Y una cosa muy interesante: no puedes engañar a los que te ven día a día rezar, cocinar, comer, descansar, enfadarte, desenfadarte, cómo gestionas tus frustraciones, cómo usas tu tiempo… por eso es importante una comunidad real y concreta, porque compartiendo la vida se te confronta, se te cuestiona, se te anima, se te apoya, se te aconseja… de verdad. Y todos tenemos una necesidad de conocer y ser conocidos profundamente, y el contexto de la comunidad es perfecto para eso. Yo sé que esto es verdad porque lo he vivido en Siquem: he podido conocerme un poco mejor, aceptarme un poco más. Se me ha consolado, se me ha aconsejado, se me ha dado luz sobre cosas de mi que me costaba ver… También sé que he ayudado a otros a conocerse, he sido apoyo para ellos, les he dado luz… y todo eso, teniendo en el centro al Señor y, por tanto, el amor a Él y a los otros.

Es en ese contexto en el que esa madurez se va dando, en el que aprendes a separar lo importante en la fe de lo accesorio, en el que aprendes que si tu oración no te cambia, quizá es que no es muy verdadera y te estás buscando más a ti que al Señor y su voluntad. Es en ese contexto donde aprendes que a veces decimos cosas que no son reales, que es un «discurso» muy bonito y muy piadoso, pero que no es real. Ahí aprendes lo diferentes que somos cada uno y que no puedes hacer una regla de lo que a ti te ha funcionado en un cierto momento. Es donde te puedes dar cuenta de que no eres perfecto… pero que no pasa nada. Y eso es madurez.

Jóvenes hablando

Esta idea me traigo de mi estancia allí: comunidades donde la gente se conoce realmente y que generan cristianos maduros es lo que la Iglesia necesita. Esto es lo esencial. Si tenemos retiros super chulos donde la gente experimenta a Dios pero luego no tenemos lo otro, nada va a cambiar. Si tenemos eventos donde los chavales se convierten pero luego no tenemos lo otro, nada va a cambiar. Si a través de nuestro testimonio alguien siente necesidad de acercarse a Dios y da pasos, pero no tenemos lo otro, nada va a cambiar. Si tenemos sacerdotes santos que a través de su ejemplo y predicación tocan el corazón de muchas personas pero no tenemos lo otro, nada va a cambiar. Ojo, no digo que todo esto que enumero sea malo, simplemente es una cuestión de orden. Eso puede ayudar a muchas personas a nivel individual, pero es que lo está en juego aquí es la respuesta que podemos dar, no a unas cuantas personas, sino a la sociedad entera.

Yo, por lo menos, lo tengo claro: no quiero trabajar en reino de Dios por «soluciones temporales». Yo quiero trabajar en algo que va a hacer que «todo va a cambiar». Yo quiero trabajar por «lo otro». ¿Por qué? Porque lo he experimentado y funciona, así de sencillo. Porque yo sé que en este tiempo he crecido, he madurado y me he acercado más al Señor y, esto que he experimentado yo, lo puede experimentar mucha más gente.